Una mujer que tenía ocho hijos enviudó. A partir de entonces, tuvo que trabajar desde el alba hasta el anochecer y, cuando por fin llegaba a casa, estaba tan exhausta que no podía ocuparse de sus hijos. El dinero que ganaba apenas le llegaba para pagar el alquiler, los gastos imprescindibles y una manutención mínima para toda la familia.

Lamentablemente, la cena en aquella casa no estaba asegurada. Y no había unos padres a los que quejarse. Los hermanos se cuidaban los unos a los otros, pero sobre todo era la mayor la que llevaba todo el peso del hogar.

A esta hermana, la mayor, se le ocurrió una idea para poder dar de cenar a sus hermanos. Les enseñó a cantar y formaron un coro. Por las tardes, salían a la calle y cantaban en los patios de las casas. Desde las ventanas, la gente les echaba alguna que otra moneda, que los pequeños se apresuraban a recoger enseguida.

Al vecindario le enternecía aquel entrañable coro de niños. Al regresar a casa, podían comprar comida y, gracias a la creatividad de su hermana mayor, empezaron a cenar todos los días.

Lo interesante del caso es que, muchos años después, ya de adultos y con hijos, uno de estos niños recordaba aquellos momentos como anécdotas divertidas. Al pensar en cómo se las habían apañado para salir adelante, recordaba con cariño, entre risas, el coro infantil improvisado que les había salvado del hambre.

Otro de los hermanos, sin embargo, prefería no recordarlo. A la luz del tiempo, le resultaba humillante y doloroso haber tenido que mendigar por las calles para poder cenar, a pesar de que su madre trabajaba como una mula de sol a sol.

¿Qué hace que un mismo suceso sea superado por unos con humor y, sin embargo, a otros siga resultándoles traumático? Pues precisamente eso que se ha venido a llamar resiliencia: una mezcla de flexibilidad, dinamismo, recursos y buen humor.

¿Cómo se construye la resiliencia?

La resiliencia empieza a fraguarse desde muy temprana edad, desde el embarazo incluso, cuando los padres comienzan a proyectar qué hueco ocupará el bebé en sus vidas. Los recursos que enseñemos a los niños inclinarán la balanza para que, en el futuro, ante situaciones difíciles, sepan salir más o menos airosos o, por lo menos, algo magullados pero no mucho.

Por poner un ejemplo cotidiano, cuando persigo a mi hija de dos años por el pasillo de casa, poniendo muecas raras y voces tenebrosas, la niña sale corriendo sinceramente asustada. Pero ella sabe que es una comedia, y ante el nerviosismo del miedo y de la carrera, empieza a reírse y a gritar con fuerza.

Si dejo de perseguirla, enseguida vuelve a por más, para revivir esas sensaciones. Además, normalmente corre llamando a su madre y búscandola. La madre la recibe protectora y divertida también, recogiendo su demanda de ayuda.

Este simple juego está enseñando a mi hija dos guías de resiliencia muy importantes: la primera, a tomarse los momentos tensos con humor; la segunda, a buscar apoyo social cuando lo necesite. Si interioriza este aprendizaje y consigue adherir estas fortalezas a su personalidad, cuando en el futuro, por ejemplo, tropiece y caiga, será más probable que se ría de sí misma, en vez de criticarse por su debilidad o su torpeza; y también que tienda una mano para que la ayuden a levantarse, en vez de agachar la cabeza avergonzada intentando ocultarse.

La mayor garantía de conseguir una buena resiliencia es haber tenido en la infancia un vínculo afectivo seguro con nuestros progenitores. Un vínculo afectivo seguro y protector –como apuntó John Bowlby en su “Teoría del Apego” y describió Mary Ainsworth con sus experimentos de la “situación extraña”– será crucial para enseñar a los niños que pueden explorar el mundo tranquilamente.

Porque, cuando se sientan inseguros o asustados, podrán regresar entre las faldas de sus padres, quienes incondicionalmente les estarán esperando y les recibirán con besos y abrazos.

Para conseguir esto, primero tenemos una obligación con nosotros mismos como personas, antes que como padres, porque no podremos generar con nuestros hijos un vínculo afectivo seguro y protector si lo hacemos desde el pozo de una depresión o desde la reactividad sobresaltada de una vida que flota en el mar embravecido del estrés y la ansiedad.

Los padres y madres deprimidos suelen interaccionar con sus hijos de formas muy comedidas, con aire flemático, con una prosodia de voz monótona y con gestos apagados y escasos. Pensad que los payasos no se visten de forma tan llamativa por casualidad. Los niños pequeños necesitan mucha estimulación, desde el primer día. De lo contrario, cada vez prestarán menos atención a su exterior y se irán haciendo paulatinamente más introvertidos.

Por otro lado, los padres y madres ansiosos suelen avasallar a los pequeños con sus continuos miedos. Pueden llegar a ofrecerle un cariño excesivo y asfixiante, sobreprotector. Tanto es así, que los niños podrían no sentirse a gusto en cualquier ambiente que no sea familiar.

El infante tendrá más probabilidades de crecer con miedo ante lo desconocido; es decir, con altos niveles de ansiedad. Las fobias son muy comunes, por ejemplo fobia escolar y/o ansiedad de separación, también mutismo selectivo y otros trastornos de ansiedad.

Los vínculos afectivos normalmente se generan con los padres, pero en ausencia de los mismos se pueden crear con otras personas, como abuelos, tutores, cuidadores o puericultores. Lo importante es tener a alguien como referencia estable. Muchos niños huérfanos o institucionalizados, con muchos problemas de conducta y delincuencia, pueden cambiar radicalmente cuando encuentran a esta persona.


Bibliografía

Boris Cyrulnik (2001). Los patitos feos. París: Éditions Odile Jacob.


Fuente con Licencia CC4.0: Psicología Bay – Resiliencia por Vicente Bay.

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Resiliencia
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