¿Qué nos impide soltar lo que nos daña?

¿Qué nos impide soltar lo que nos daña?

Soltar lo que nos daña

Sí, ciertamente, es una pregunta que puede parecer pretenciosa por lo amplia que es y por la sencilla razón de que abarca demasiadas y distintas experiencias.

Sin embargo, esta pregunta nos lleva a considerar distintas razones que permiten comprender por qué nos cuesta tanto soltar lo que nos daña, así como para tener pistas de cómo empezar a dejar ir lo que ya no nos conviene:

Uno

Podemos encontrar pistas en los dichos, por ejemplo, el de «más vale conocido que bueno por conocer». Y sí, en muchas ocasiones, y a menudo por automatismos inconscientes, repetimos patrones que nos dañan porque, simplemente, son reacciones que tenemos ante determinadas situaciones que nos resultan familiares.

Y estas reacciones no es que estén en nuestro ADN, aunque sí en circuitos neuronales y en la memoria de nuestro cuerpo y nos llevan a comportamientos que podemos sentir hasta como «naturales». Pero NO. Son comportamientos reactivos de los que solo podemos desprendernos cuando somos conscientes de ellos.

Conocer las historias desde donde se forjaron y preguntarse cómo nos gustaría modelar las nuevas respuestas, qué es lo que nos gustaría activar –en lugar solo de reaccionar– son caminos para encontrar nuevas opciones más liberadoras y más gratificantes.

Dos

A veces, ciertamente las circunstancias que no elegimos no nos ayudan a soltar lo que nos daña. Sin embargo, sí podemos tratar de asumir ciertas incomodidades sin caer en sufrimiento añadido. Y para ello deberemos elegir dónde colocar nuestra mirada, darnos otras explicaciones que a las que estamos habituados.

Esto significa, hacerse nuevas preguntas, fijarnos en nuevos detalles, cambiar algún hábito para desprendernos de dolores innecesarios o, al menos, bajar su intensidad.

Tres

Otro elemento importante que nos impide soltar lo que nos daña es empecinarnos en que algo salga tal como lo habíamos planeado, que encaje en nuestros esquemas tal como habíamos imaginado. Entre lo que pensamos y lo que sucede existen muchas otras posibilidades.

Pero si no las queremos ver o aceptar, nos daremos de bruces una y otra vez. Hay quien necesita tropezar no 2 veces con la misma piedra, sino mil veces más.

La realidad se encargará de repetir una y otra vez situaciones que te muestren que flexibilizarse puede ser la mejor vía para desprenderte de lo que ya no te sirve para acogerte a nuevas experiencias más sensatas y satisfactorias.

En este caso, las personas que hacen del objetivo una obsesión sin atender a los desagravios personales que le suponen en el proceso deben soltar según qué creencias empezando por reconocer que hay mil maneras de hacer una misma cosa.

Cuatro

Seguir la corriente, aunque por dentro no estemos de acuerdo con lo que hay. Este comportamiento está ampliamente estudiado en psicología social. El poder del grupo, del inconsciente colectivo, es mucho mayor de lo que solemos admitir.

Por eso, «la sociedad es la que…» es una expresión tan común para justificar las propias incoherencias.

Aprender a soltar el miedo a la propia diferencia, a quererla, dar valor a lo que podemos aportar al mundo es un acto de valentía que empieza por asumir que podemos hacer, pensar y sentir desde nuestra propia autenticidad.

Soltar los miedos a ser criticados, a ser rechazados es en este caso el gran paso a hacer… y, curiosamente, a veces, no pasa nada de lo que habíamos imaginado de tan grave. Aunque lo grave, en realidad, es vivir a escondidas de uno mismo por miedo a la mirada del otro.

Cinco

También debemos aprender a soltar la esperanza de cambio de los demás. Hay quien se mortifica esperando que un familiar reconozca según qué equivocaciones, otros que su pareja le pregunte por sus intereses, otros que un compañero de trabajo se dé cuenta de que no puede seguir teniendo tanta jeta, etc.

En este caso, centrar la energía en el propio cambio, aprender a poner límites, dejar de esperar de quien no muestra su atención en lo que consideramos obvio, acompañarse de buenas amistades puede conllevar transformaciones que, quién sabe si algún día tendrán más impacto.

Centrarse en el propio cambio, en la capacidad de cambio del propio entorno acompañándose de personas con inquietudes similares, puede ser la manera de canalizar las propias esperanzas sin dejarse frustrar por las que se depositan en personas ajenas.

Y es que el cambio de otras personas no depende de nosotros. Por el contrario, nuestra capacidad de cambio personal y de grupo con personas de inquietudes afines es la única que podemos movilizar plenamente siguiendo nuestra propia coherencia.

Seis

Finalmente, hay quien no suelta lo que le daña por miedo a perder según que privilegios. Sin embargo, vivir supuestos privilegios o comodidades cuando se vive por ello con dolor no es una ecuación ni demasiado lógica ni demasiado justa con uno mismo.

A veces, es preciso soltar cosas que creemos merecer para merecernos tal y como realmente nos lo pide el cuerpo y respetarnos a nosotros mismos.

Podar nuestro interior

Seguro que haya más motivos que explican porque nos cuesta soltar lo que nos daña porque, como dije al principio, este es un asunto que abarca infinitud de experiencias… tantas como personas que existen. Me gustará que las compartamos si así lo deseas.

Desprenderse de lo que nos daña no es sencillo, requiere de indagación personal, de reconocer las propias armaduras que construimos que, probablemente nos ayudaron en un determinado momento, pero que –ahora– ya no nos sirven.

Con el paso del tiempo, me doy cuenta que, a menudo, lo más efectivo no se trata tanto de añadir sobre lo que hay, sino de podar nuestro interior para poder ver mejor en nosotros mismos, reconocer nuestras fortalezas y lo que realmente nos nutre y distinguirlo bien de aquello que nos resta energía.

Porque, cuando reconocemos lastres que nos dañan, podemos empezar a dejar de hacernos trampas a nosotros mismos y caminar con más dirección, con más determinación y con más alegría.


Fuente con Licencia CC4.0: INED21 – ¿Qué nos impide soltar lo que nos daña? por Alexandra Farbiarz Mas.

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