Fluir es un sentimiento de disfrute intenso y sostenido durante el cual estamos tan concentrados en lo que estamos haciendo que perdemos la noción del tiempo. Las investigaciones de Mihaly Csikszentmihalyi (1997), de la Universidad de Chicago, aunque nacido en Italia y de ascendencia húngara, han demostrado que tener este tipo de experiencias todos los días aumenta nuestro grado de satisfacción vital general.

El nivel de bienestar crónico subirá un par de puntos si añadimos la experiencia de fluir de forma cotidiana en nuestras vidas. Veamos en qué consiste para saber cómo podemos propiciar estos momentos.

Una de las ventajas de la experiencia de fluir es que no depende de la actividad específica que realicemos. Por lo cual, cualquier persona puede adaptarlo a sus propios intereses. El único requisito necesario para fluir es tener cubiertas las necesidades humanas básicas: seguridad, comida, cobijo… A partir de este mínimo, todos podemos construir un pedacito de felicidad diario con nuestros propios recursos personales, mediante los estados fluyentes, y totalmente gratis.

Un escalador concentrado en la pared de la que pende su vida, una persona absorbida por un libro, un músico improvisando sobre una melodía, un artista enfrascado en su creación, unos cuantos amigos en animada tertulia, un niño jugando a construir castillos, el fotógrafo respirando a través de su objetivo, el alfarero moldeando su arcilla, el costurero domando el traqueteo de su máquina, el deportista solitario en la madrugada, el aficionado a los sudokus vespertinos o el lejano jugador de ajedrez. Todos pueden ser presos de la misma sensación: estar fluyendo con el momento.

La experiencia de fluir tiene ciertas características específicas que, una vez comprendidas, nos servirán para saber buscar este sentimiento de forma cotidiana. Estas son las más importantes:

1. Un desafío que requiere habilidades

Es muy importante que la actividad que realicemos tenga un componente de reto. No vale, por tanto, ver una película o embriagarse. No se trata de evadirse. Se requiere un cierto esfuerzo inicial. Por ejemplo, coger un libro y empezar a leer cuesta trabajo durante las primeras páginas, al igual que desempolvar la máquina de coser para hacer unos cojines en la tarde del domingo.

Si logramos vencer ese esfuerzo del principio, poniendo algo de energía por nuestra parte, el resto vendrá solo. En el momento en que empecemos a fluir, ya no seremos conscientes del esfuerzo. Para lograrlo, el nivel de reto tiene que ser moderado, lo suficiente para ser estimulante.

2. Concentración y enfoque

Nuestra mente, que muchas veces no es nuestra amiga, nos bombardea sin cesar con todos nuestros problemas cotidianos. La experiencia de fluir requiere mucha concentración y nos hace olvidarnos por unos instantes del resto de cosas que suceden en nuestras vidas.

Constituye un oasis de olvido en ese desierto de preocupaciones, porque toda nuestra atención está concentrada en una sola tarea. Volveremos con más fuerza de ánimo y claridad de pensamiento de estas mini vacaciones.

3. Sentimiento de control

En la vida hay muchas cosas incontrolables. No podemos controlar el mundo que nos rodea. Tampoco podemos controlar a los demás. En muchos casos, ni siquiera podemos controlarnos a nosotros mismos. La sensación de dominio sobre una tarea nos permitirá refugiarnos del caos.

Sentir que llevamos las riendas al menos un rato cada día nos permite descansar de la incertidumbre y del descontrol. Por lo tanto, fluir no es sencillamente dejarse llevar, como muchas veces se piensa, sino que implica mantener un control activo sobre lo que estamos haciendo.

4. Pérdida de la autoconsciencia

Cuando uno está muy concentrado en lo que tiene que hacer, todas nuestras necesidades y deseos habituales se quedan en suspensión por un momento. Esto también es un descanso, porque acalla al niño pequeño y llorón que llevamos dentro. Sí, a veces somos como niños, perfectamente ególatras, insistiendo en nuestros caprichos o nuestras dolencias, sin llegar a obtener nunca un consuelo satisfactorio.

El estado de fluir mantiene a raya todas estas demandas del yo. Cuando estamos fluyendo, las únicas demandas presentes son las que exige la tarea que estamos realizando.

5. Alteración de la noción de tiempo

Cuando estamos pendientes del reloj para saber cuándo va a terminar lo que estemos haciendo, no nos engañemos: aunque estemos disfrutando, no hemos llegado al punto de olvidarnos de nosotros mismos y de nuestras circunstancias. Sin embargo, cuando miramos el reloj y pensamos: “Madre mía, ¿ya son las dos de la tarde?”, es buen síntoma de haber estado fluyendo.

El tiempo vuela cuando disfrutamos, según dicen, y es verdad. Cuando vivimos plenamente, el estricto presente es nuestra única morada. Pasado y futuro se desvanecen. El tiempo se evapora.

Para que todo esto sea posible, las actividades deben ser autotélicas (“telos” = fin, en griego). Es decir, estas actividades se realizan como un fin en sí mismo, o sea, por su propio placer, no porque constituyan un medio para conseguir otros fines. No hay premios ni castigos, porque la motivación es intrínseca a la tarea que realizamos.

Por ejemplo, el que corre para adelgazar, pero realmente no le gusta correr, difícilmente fluirá corriendo. Más bien estará mirando el reloj deseando que pase el tiempo. Esto no significa que las motivaciones externas sean malas, ¡cuidado! Correr para adelgazar nos reportará muchos beneficios, pero no nos sirve para fluir.

Como ejemplo personal, yo suelo fluir escribiendo estos artículos. Me encanta hacerlo y, cuando me levanto de la silla, me doy cuenta del hambre que tengo y estoy totalmente desorientado, sin saber ni qué hora es. Me ocurre también cuando juego con mis consolas retro, que no todo tiene por qué ser productivo.


Fuentes:

Csikszentmihalyi, M. (1997). Aprender a fluir. Barcelona: Kairós.


Fuente con Licencia CC4.0: Psicología Bay – Aprender a fluir por Vicente Bay.

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Aprender a fluir
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