Alba, de 3 años, está jugando en el parque mientras sus padres están sentados en un banco observándola. Desde lejos, Alba ve que sus padres se ríen mucho y acude corriendo alegre. Cuando se acerca, ve que de los ojos de sus padres brotan unas lágrimas.
Alba no entiende qué pasa, ¿por qué están llorando? ¿No se están riendo también? Alba es demasiado pequeña para entender que a veces, ante un mismo evento, se puede responder con emociones que parecen contradictorias. A Alba aún le queda mucho por comprender sobre las emociones.
La comprensión emocional es la capacidad que tenemos las personas para reconocer las expresiones emocionales específicas en los demás y entender qué situaciones pueden dar lugar a ellas. Se trata de un componente de la comprensión social que hace referencia a la capacidad de comprender y predecir los sentimientos, creencias y deseos propios y de otras personas.
Dentro de la comprensión emocional podemos encontrar distintos componentes que la conforman. No venimos a este mundo entendiendo la complejidad afectiva de golpe sino que, según vamos creciendo, vamos incorporando nuevos conocimientos sobre cómo funcionan las emociones.
Así, en el ejemplo anterior, Alba es capaz de reconocer que la risa es una manifestación externa de la felicidad, pero no es capaz de comprender que pueda ir acompañada de lágrimas.
En 2004, Francisco Pons y sus compañeros de las universidades de Harvard y Oxford identificaron, a través de sus investigaciones, hasta nueve componentes diferentes en la comprensión emocional:
El mismo equipo que realizó esta clasificación de los componentes emocionales realizó un análisis posterior englobando los nueve componentes en tres periodos del desarrollo.
El primer periodo, alrededor de los 5 años, está caracterizado por la comprensión de los aspectos públicos de las emociones: su expresión externa, su causa y el uso de hechos u objetos como recordatorios de emociones pasadas.
El segundo periodo, alrededor de los 7 años, se caracteriza por la comprensión del aspecto cognitivo de las mismas: su conexión con los deseos, las creencias y la discrepancia entre la expresión y el sentimiento.
El tercer periodo, alrededor de los 9 años, estaría caracterizado por la comprensión de cómo un individuo puede responder desde distintas perspectivas a una situación determinada, mostrando sentimientos contradictorios, culpabilidad moral y haciendo un uso de estrategias de control cognitivo.
Pese a existir unas normas en el calendario evolutivo de la comprensión emocional, lo cierto es que dicho desarrollo depende en gran medida de las interacciones sociales que tengan los niños y niñas. Los menores no se limitan a integrar en su aprendizaje conocimientos sociales disponibles, sino que los desarrollan y construyen a través de las situaciones cotidianas y constantes que experimentan en su entorno.
La idea principal que se deriva de esta afirmación es que las prácticas de crianza parentales son el elemento central en el desarrollo de la comprensión emocional y social. Es decir, que según nos críen nuestros padres, así se desarrollará nuestra comprensión de las emociones.
De este descubrimiento han derivado recientes estudios que han tratado de ver cómo difiere el desarrollo de dicha comprensión entre las personas que han crecido en contextos favorables de aquellas que lo han hecho en contextos adversos como son los niños y niñas que en sus familias han sufrido negligencia y maltrato o han pasado por centros de protección de menores.
Fruto de investigaciones sobre este área se ha descubierto que los menores maltratados pueden captar las emociones y otros estados mentales asociados a encuentros interpersonales de diferente manera que los niños y niñas que no han vivido esa situación, debido a que están acostumbrados a una inconsistencia, inestabilidad y falta de predictibilidad que no se vive en contextos de desarrollo favorables.
Por ejemplo, la investigación desarrollada por Pollak, Cicchetti, Hornung y Reed (2000) demostró que los padres maltratadores muestran menos emociones positivas y más emociones negativas, tienden a aislarse a sí mismos y a sus familias del resto de la sociedad, limitando la exposición de sus hijos e hijas a un menor número de modelos de comunicación social.
Los padres negligentes son menos expresivos hacia sus hijos (ni positiva ni negativamente), ofreciendo pocas posibilidades de intercambiar información afectiva.
A día de hoy existe un debate no resuelto sobre si los niños que han vivido situaciones de maltrato y negligencia desarrollan un patrón de competencia emocional menor o diferente a aquellos que no han vivido esa situación. Así, algunos investigadores sostienen que los chicos y chicas maltratados tendrían peores puntuaciones en la comprensión de cualquier emoción, mientras que otros defienden que estos chicos y chicas tienen un resultado mejor que el resto de la población en la comprensión y reconocimiento de emociones como la tristeza o el enfado.
Estos últimos autores defienden que los niños que crecen en desarrollos adversos han desarrollado una mayor capacidad para reconocer señales emocionales negativas que suelen ir asociadas a situaciones de un daño inminente. De forma que la identificación temprana de estas emociones sería adaptativo para ellos porque les podría evitar alguna situación de maltrato o abuso.
Como vemos, el desarrollo emocional es un elemento muy importante del que dependen comportamientos e interpretaciones sociales que hagamos tanto de pequeños como de mayores. La forma en que tenemos de ver el mundo, de interpretarlo y sentirnos seguros o no en él está muy relacionada con cómo nos han criado nuestros padres y qué situaciones emocionales hemos vivido en nuestra infancia.
Para saber más…
Dos artículos de investigación:
Fuente con Licencia CC4.0: Psicomemorias – ¿Cómo entienden las emociones los más pequeños? por Carmen Paniagua.
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