Los psicólogos nos hemos hecho un hueco en la sociedad hace relativamente poco, pero en ese llevamos metiéndonos en todas partes, incluyendo algunas iniciativas más dignas de un villano de películas de Bond que de un profesional sanitario.

El uso de la como arma es algo de lo que hablamos anteriormente, aunque en aquella ocasión nos centramos en lo referente a los intentos de analizar y reparar las cicatrices que esta violencia deja en las personas. Esta vez veremos cómo en distintas épocas se ha empleado la psicología con fines voluntaria o involuntariamente siniestros.

Bombardeo conductista

Tú y toda tu familia podríais haber sido asesinados por una paloma. Una sola paloma. Y ni tú ni nadie podríais haber hecho nada para impedirlo. Si no das crédito a estas palabras es porque los malvados planes para convertir a las “ratas del aire” en máquinas de matar no se llevaron a cabo.

Antes de que alguien se imagine a una paloma disfrazada de Rambo portando un machete en el pico, hemos de decir que esta amenaza habría resultado una imagen más factible que esa, y es que durante unos años de la Segunda Guerra Mundial se destinaron ingentes fondos para investigar si podían guiarse misiles mediante estas aves.

En el enfrentamiento contra los nazis ningún esfuerzo era inútil, o eso pensaron muchos militares e incluso el mismísimo Burhus Frederic Skinner. Este último, uno de los psicólogos más celebres de la historia y, en parte, responsable de la popularización de esta ciencia, aprendió de su “maestro” John Watson que el afán de expandir las fronteras de esta ciencia puede traspasar las barreras morales con facilidad, como en el caso del pequeño Albert.

¿Cómo entrenar a estos animales para guiar misiles? Sólo hay que crear un sistema de dirección que les sea fácil de entrenar y manipular. Para prepararlas, las palomas eran introducidas en cajas problema (unas cápsulas en las que se les presentaban estímulos a los que tenían que responder picando en una tecla, con una puertecita que se abría liberando alimento.

Una vez dentro, se les mostraban una forma en movimiento, en principio más simple hasta llegar a la de un barco militar, tenían que mantenerse picando en él. Si lo conseguían durante cierto tiempo recibían alimento, que les reforzaba a seguir haciéndolo. Aunque parezca un funcionamiento rebuscado, realmente es un proceso muy simple y que la mayoría de animales aprenden en muy pocas sesiones de entrenamiento.

Aunque desde nuestra perspectiva, casi 70 años después, parezca una idea rocambolesca  lo cierto es que ambas partes de la contienda gastaba cientos de millones de dólares en “dejar caer” misiles sobre el enemigo, sin certeza de que impactaran sobre su blanco.

En cualquier caso, al final un grupo de altos mandos militares canceló este “Proyecto Paloma” (Project Pigeon), a pesar de que los emplumados pilotos habían conseguido un 100% de acierto en los ensayos. Pese a todo, parece que no tendremos que cambiar de acera cuando nos encontremos a una de estas aves en la calle… o sí, si tenemos en cuenta el tipo de misiles que suelen lanzar.

De MK Ultra a Abu Ghraib

Crear un asesino o un espía indetectable ha sido el sueño húmedo de muchos autores de novelas y servicios de . El asesino perfecto sería aquel al que fuera imposible de detener, y ¿qué mejor manera de conseguirlo que haciendo que ni esa misma persona supiera que lo es?.

Os vendrán muchísimos ejemplos a la cabeza, desde el reciente y desmemoriado Jason Bourne, el Denzel Washington de El mensajero del miedo o incluso los robóticos sicarios de la hilarante Agárralo como puedas.

En Conspiración, un trastornado Mel Gibson es perseguido por esbirros del gobierno, y conforme la trama avanza uno de los villanos desvela que la paranoia y extraño comportamiento de su personaje son consecuencia de los experimentos del gobierno para crear sicarios “programados”, mediante el programa MK Ultra.

Este programa de investigación fue real, y aunque lo que permeó a la cultura popular fue el intento de conseguir este sicario perfecto, lo cierto es que resultó una teoría más o menos absurda que eclipsó el verdadero objetivo: encontrar nuevos medios físicos o farmacológicos para plegar la voluntad de las personas.

prisionero

Drogas, hipnósis, coma inducido, condicionamiento involuntario, terapia electroconvulsiva… Cualquier medio era válido para explorar cómo controlar eficazmente a otras personas, y mejorar las técnicas de interrogatorio. Los “experimentadores” adscritos a la CIA llegaron a chantajear y secuestrar prostitutas, indigentes y muchos otros para obtener más sujetos de estudio.

En 1974, el New York Times hizo públicos estos experimentos y rápidamente surgieron comisiones de investigación que desvelaron muchos más datos sobre el programa MK, aunque la mayoría nunca verían la luz, ya que gran parte de la documentación sobre sus actividades durante casi veinte años fue destruída poco antes de la revelación.

El escándalo fue mayúsculo, llegando a implicar a docenas de psiquiatras de distintos países. Para ilustrar el alcance de la falta de ética el mismo Donald Cameron, presidente de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (en inglés APA, la organización de referencia de la psiquiatría y psicología a nivel mundial) tuvo un papel destacado en los ilegales experimentos. El MK Ultra pasó a ser “trending topic” nacional y protagonizó el grueso de teorías de conspiración hasta hace bien poco.

Pero esta complicidad con la tortura y la falta de escrúpulos y ética no se limita a la psiquiatría, ni al siglo pasado. Como comenté en un artículo anterior, la organización a nivel mundial con mayor cantidad de psicólogos bajo su cargo no es ninguna asociación científica o institución sanitaria, sino el Departamento de Defensa de Estados Unidos.

Desde 2007 este organismo ha gastado casi 1.000 millones de dólares en investigaciones psicológicas y neurocientíficas para combatir el trastorno de estrés postraumático, depresión, etc. Pero aunque esta fructífera relación entre psicología y militares empezara con una intención tan noble como ayudar a los demás, parte de sus esfuerzos han acabado desembocando en viejos errores.

Durante el mandato presidencial de George Bush se dieron a conocer los programas de torturas a prisioneros en la base de Guantánamo, como el “ahogamiento simulado”, la privación de sueño y otras muchas vejaciones que vulneran, además del Derecho Internacional y los Derechos Humanos toda la ética penitenciaria y militar habida y por haber.

De nuevo, un periodista del New York Times, James Risen, abría la caja de Pandora en su libro “A cualquier precio” (Pany Any Price, 2014) acusando a la APA de colaborar con la inteligencia norteamericana y el ejército para depurar sus tácticas de tortura. La CIA volvía así a la palestra de escándalos internacionales con sus prácticas y una salpicaba a muchos psicólogos de la APA (arriba mencionada).

Para defender su inocencia, la organización de psicología y psiquiatría encargó una investigación independiente para demostrarla. Sin embargo, el tiro le salió por la culata, y aunque no demostró que participaran activamente en torturar a los presos, sí en que ayudaron a asesorar a los que condujeron esas prácticas.

Aunque, al no buscar ningún daño a terceros de forma directa los miembros de la APA no incumplieron ninguna ley norteamericana, sí que habían mutilado una parte importante de su código ético y juramento hipocrático (los psiquiatras siguen siendo médicos y dan importancia a esta práctica).

Monster Study

Hasta ahora hemos visto casos de aplicaciones intencionadamente negativas de la psicología, pero ¿existe algún ejemplo en el que con buenas intenciones se acabaran cometiendo barbaridades?, ¿una psicología maléfica por accidente? Desde luego que sí, y en cantidades.

Para encontrar uno de los más famosos tenemos que remontarnos a 1939, cuando Wendell Johnson, investigador de la Universidad de Iowa, decidió llevar a cabo un sobre los orígenes de la tartamudez.

El experimento, según Johnson, demostraría que la tartamudez es provocada por el refuerzo y por lo tanto puede ser corregida de la misma forma. Para ello, escogió un grupo de 22 niños huérfanos de una institución local, que se dividieron en un grupo experimental (al que se le aplicaría el procedimiento) y otro control (que serviría sólo para comparar con el anterior).

El grupo experimental se dividió a su vez en dos mitades, un grupo de niños que recibirían siempre comentarios positivos acerca de su enunciación y lectura, y otro que recibiría reprimendas y acusaciones de ser tartamudos, aunque no lo fueran.

A pesar de su crueldad y varias negligencias en lo puramente experimental, lo cierto es que Johnson consiguió demostrar lo que quería, al menos en parte: los niños que fueron castigados y acusados de ser tartamudos acabaron desarrollando problemas lingüísticos que les durarían décadas, e incluso toda la vida.

El uso de niños indefensos para una investigación de estas características fue ocultado por la Universidad de Iowa por miedo a los efectos sobre su reputación, hasta 2001 cuando se disculpó oficialmente por ello.

Cárcel de Stanford… y de la BBC

Cárcel de Stanford

El poder corrompe. Este es un dicho popular que tendemos a asumir, y más en estos tiempos en los que la corrupción inunda nuestras noticias y escaños. Uno de los casos más claros en el campo de la psicología de la influencia maliciosa que puede tener el poder es el archiconocido experimento de la cárcel de Stanford.

Esta investigación cobró fama más por sus preocupantes resultados que por su naturaleza, además de ser un tema muy atractivo para los medios ávidos de sensacionalismo de la época.

El psicólogo social, Philip Zimbardo reunió a 21 estudiantes universitarios para participar en un estudio sobre cómo los roles afectan a nuestros valores y conducta. Dividió a los sujetos en dos grupos: carceleros y presos y durante seis días tuvieron que interpretar sus papeles hasta el cierre del experimento.

¿Qué sucedió? A primera vista nadie pensaría que un estudio controlado y protagonizado por personas razonables y con estudios universitarios fuera a desmadrarse, y sin embargo la investigación tuvo que interrumpirse de forma prematura por los crecientes abusos y torturas que realizaron las personas que ocupaban roles de carceleros a sus compañeros presos.

Estos resultados se hicieron enormemente famosos, y extendieron la idea de que para que la locura y la crueldad se desaten sólo hace falta un pequeño empujón. Pero parece ser que no todo fue tan sorprendente como nos lo vendieron…

Nuestros compañeros de Rasgo Latente publicaron una revisión de este famoso experimento, y en el sacaron a la luz hechos que muchos aún desconocen y que no se hicieron públicos hasta algunos años después de la publicación del estudio original.

Aunque tuvo un enorme eco entre prensa y sectores sociales norteamericanos lo cierto es que muchos profesionales acogieron ese estallido de violencia y abuso de poder “espontáneo” con mucho escepticismo (un gran aliado en ciencia) y al revisar detenidamente desvelaron enormes fallos de diseño que había cometido Zimbardo.

Parece ser que los nuevos guardias recibieron bastantes más indicaciones sobre cómo debían tratar a sus compañeros confinados de lo que el concepto “espontáneo” podría sugerir. Zimbardo realizaba reuniones periódicas con ellos y les inducía a controlar a los que desempeñaban roles de presos con los medios que fueran necesarios. Algunos incluso llegaron a acentuar su nivel de hostilidad para comprobar hasta donde se les permitía llegar.

Para terminar de disipar toda duda, Reicher y Haslam, de la Universidad de Exeter (Inglaterra) replicaron el experimento y publicaron en 2006 sus resultados, mucho más optimistas y humanos que los originales. En conclusión, el estudio de la cárcel de Stanford resulta más un ejemplo de contaminación total del experimento (que provocó secuelas psicológicas a los “prisioneros”) que de la tendencia natural de las personas hacia la violencia.

El bien mayor

Aquí os hemos dejado casos claros y conocidos de cómo profesionales de la psicología han plegado nuestra ciencia a intereses propios o de terceros, y causando consecuencias nefastas para muchas personas y la propia credibilidad de nuestro colectivo. En todas partes existen ovejas negras, y cuando se trata de y ayudar a los demás el daño es doble.

La psicología se centra en comprender cómo somos, pensamos, funcionamos y mejoramos y para seguir aumentando sus beneficios tenemos que luchar por la confianza de ciudadanos e instituciones. Hemos mejorado mucho en las últimas décadas y si todo sigue así seguiremos logrando avanzar cada vez más.

Estudiar estos nocivos precedentes es necesario para no cometer los mismos errores y estar atentos a que otros tampoco lo hagan y por ello tener un una conducta profesional intachable es doblemente necesario, de cara al usuario y a la sociedad a la que pretendemos ayudar a hacer crecer.


Fuente con Licencia CC3.0Psicomemorias – Palomas asesinas y otros casos de Psicología maléfica por Alfonso Muñoz.

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