Cuando todo va bien en una relación de pareja, probablemente nadie se plantea cómo haría si tuviese que ponerle fin. Si lo diría directamente, si trataría de darle pistas a la otra persona, si esperaría a que fuese el otro quien tomase la decisión o a tener a otro u otra para curar las heridas, si le diría los motivos reales o no…

Nadie quiere hacerse la pregunta del qué pasará después, del si podrán seguir siendo amigos/as o se guardarán rencor, de si podrán seguir manteniendo las amistades que comparten. Cuando todo está bien, simplemente, uno trata de vivir el día a día.

Generalmente nadie quiere pensar en qué pasaría si se encontrase en esa otra situación. Quizás porque sería demasiado doloroso. Quizás porque se sentiría culpable de solo planteárselo. Quizás porque tiene miedo a estar solo/a.

Está claro que no existe la forma perfecta de romper una relación. Cuando hay sentimientos y emociones involucradas, es lógico pensar que la ruptura en sí será más o menos dolorosa. Al fin y al cabo, hablamos de personas que han compartido tiempo, experiencias, confidencias, intimidad, pasión, cariño. Que a priori quieren hacerse el menor daño posible. Pero entre las que las cosas no van como deberían.

Múltiples posibilidades para múltiples tipos de parejas

Podemos pensar que es más difícil dejar una relación cuanto más tiempo haya pasado desde su inicio, y no iríamos del todo desencaminados. La rutina creada hace que a sus miembros les sea más difícil deshacerse de su compañero/a. Pero, una vez más, también todo depende de cómo viva la situación cada uno de los implicados.

Hay quien sufre rupturas traumáticas tras menos de un año de pareja, y quien vive con alivio una ruptura tras treinta años de convivencia.

A menudo la idea de acabar con una relación ronda las cabezas de uno u ambos miembros de la pareja en varias ocasiones antes de tomarse la decisión definitiva. Se lo plantean, pero quieren intentar todas las posibilidades antes de recurrir a ese fin.

Pueden llevar meses o años distanciados física y/o emocionalmente. Ya no se sienten apoyados o comprendidos de la misma manera. Como si cada uno tuviese unos intereses y el otro o la otra no siempre formara parte de sus planes. Algunos hasta llevan vidas separadas. Se centran en otras actividades. Existen desacuerdos pero ni siquiera los hablan. Duermen en la misma cama pero ni siquiera se tocan.

Tal vez ha ido poco a poco desapareciendo la atracción. Ese deseo constante del principio, esas promesas de amor eterno, esa intensidad de las emociones compartidas. Hay quien es adicto a esa primera etapa de una relación. Cuando todo sorprende, pero para bien. En su concepto de pareja no hay rutinas ni decepciones. Así que cuando estas aparecen, también lo hacen las dudas.

Puede que los problemas se enfoquen en su vida erótica. Que haya dificultades con el deseo, con la excitación, con el orgasmo… Con saber lo que el otro quiere y necesita. Con comunicar lo que uno quiere y necesita. Con respetar que a veces uno no quiere, y es otra cosa la que necesita.

Lo que a alguien le gusta en un momento y en una situación dada, no tiene por qué extenderse al resto de situaciones y momentos. Si percibe que el otro no atiende sus necesidades en este aspecto, entonces el vínculo de la relación también se ve afectado. Y si las dificultades se prolongan en el tiempo, sin saber cómo resolverlas, entonces la idea de la ruptura surge como una posibilidad a valorar.

Es posible, también, que haya aparecido una tercera persona. Que él o ella sienta que este tercero consigue despertar las emociones que creía dormidas, anestesiadas. Que comience a hacer comparaciones y a lamentarse porque las cosas no sean así con su pareja. Que se pregunte si acaso tiene sentido seguir. Y si así lo decide, por qué lo hace.

O, desde el lado opuesto, puede que una o varias infidelidades hayan destruido completamente la confianza en el otro o la otra. Las mentiras. Un golpe para la propia autoestima. La sensación de engaño eclipsa cualquier bonito recuerdo. Tanto para los que deciden seguir como para los que deciden romper, ya nada será lo mismo.

Existen múltiples posibilidades como existen múltiples tipos de parejas. La distancia, los celos, los problemas de comunicación, la sensación de estancamiento, etc., también se erigen como razones para la ruptura. Pero, una vez se tiene la o las razones, es el momento de tomar la decisión y de comunicársela a la otra persona.

Comunicar la decisión

comunicar en pareja

Aunque ya hemos explicado que no existe la forma perfecta de terminar una relación de pareja, sí que hay ciertas claves que pueden ayudarnos a superar ese momento:

Díselo en persona

Si bien parece lo lógico, es evidente que no siempre se hace. La vergüenza, la culpabilidad, el miedo, pueden hacer que la persona decida utilizar otra forma para comunicar su decisión. En la era de las aplicaciones y redes sociales, resulta tentador librarse de la incomodidad de un momento como este empleando una de estas herramientas.

Sin embargo, no es lo ideal. Alguien con quien hemos compartido nuestra vida, por quien hemos tenido o tenemos unos sentimientos, merece escuchar lo que tenemos que decir. Y, por supuesto, merece poder darnos su opinión también en persona. Por muy doloroso que sea el momento, es la manera más sana de cerrar una relación.

No dejes que te domine la ira o el rencor

Es recomendable tratar de organizar las ideas y argumentos que queramos exponer a la otra persona. Dejar a un lado los reproches y la ira e intentar expresarnos de una forma calmada. Aunque no sea sencillo, uno se siente más seguro si siente que tiene un cierto control sobre una situación tan emocional. Y si surge alguna discusión, debemos tratar de responder de una forma clara y sin perder los nervios. No es el momento de gritar.

No emplees ultimatums

Hay quien tiene claro que la relación no va bien y, aun así, amenaza al otro o la otra con ese final para conseguir lo que quiere. Comportamiento que, sin ninguna duda, es un error. Si ese cambio o esa conducta del otro no se ha dado hasta ese momento, difícilmente podrá darse tras una amenaza. Por supuesto, puede haber a quien le funcione, pero merece la pena plantearse si una pareja debe mantenerse en base a amenazas de ruptura.

No recurras a frases hechas

Todos sabemos cuáles son esas frases hechas: “No soy tú, soy yo”, “Podemos ser amigos”, “Te mereces algo mejor que yo”… Este tipo de frases, tan gastadas y socorridas, en nada contribuyen a expresar cómo nos sentimos y a que la otra persona nos comprenda.

En el primer caso, si sentimos que nos encontramos en una etapa o situación en la que ya no podemos o queremos estar con la pareja, lo ideal es que expliquemos el motivo. Es muy difícil que esa frase sea cierta, ya que la pareja forma un sistema donde el comportamiento del uno repercute en el otro y viceversa.

Así, quizás si el otro o la otra se comportara de manera distinta, entonces no nos encontraríamos en esa tesitura. En segundo lugar, si tras la ruptura es posible o no la amistad es algo que no puede saberse en ese momento. Y que, además, no resulta ningún consuelo. Lo que pase en el futuro dependerá de cómo cierren esas heridas.

En tercer lugar, siempre es un error hacerse la víctima. Resulta una maniobra para sentirse menos culpable, pero que en la mayoría de los casos no tiene efectos positivos en la otra persona. Pensemos que puede ser que la otra persona siga enamorada y desee continuar la relación, a él o a ella le da lo mismo si se merece algo mejor, pues lo que quiere es estar con nosotros.

Prepárate para las posibles reacciones

Cuando nos imaginamos el momento de la ruptura, tan solo jugamos con una de las variables. Por mucho que conozcamos a nuestro/a compañero/a, lo más probable es que no podamos predecir su reacción. Quizás piense lo mismo que nosotros, quizás le llegue por sorpresa, quizás no está de acuerdo con los motivos, etc.

La otra persona puede tratar de convencernos para cambiar nuestra decisión, chantajearnos con promesas de cambios. Puede reaccionar de forma violenta, gritando, haciendo aspavientos, amenazando con contar determinadas cosas de nosotros. Puede también llorar desconsoladamente, haciéndonos sentir culpables y malvados.

O incluso responder de forma fría, sin apenas reacción, aceptando la decisión sin cuestionarla. Hemos de estar preparados para todo, teniendo claro lo que queremos y esperamos de esa conversación. Y si estamos seguros de querer romper, entonces debemos mantenernos firmes en nuestra decisión.

¿Y ahora qué?

Tras una ruptura, es importante saber crear otras rutinas para no quedarse estancados en el pasado. Así, apuntarse a nuevas actividades o deportes suele tener consecuencias positivas para la persona. De igual modo, hacer algún cambio en el peinado o la vestimenta, puede ayudar a aumentar la sensación de un nuevo comienzo.

Por supuesto, los planes sociales y el apoyo de los amigos y familiares resultan también imprescindibles para paliar las inseguridades y mejorar la autoestima. La clave, por tanto, es mirar hacia delante, quedándonos con lo bueno vivido, y esperando lo bueno por venir.


Fuente con Licencia CC4.0: Malicieux Magazine – Tenemos que hablar: Claves para terminar una relación (bien) por Alejandra Enebral.

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