“La excelencia no requiere perfección” -Henry James.

El dueño de un llagar asturiano, esos lugares maravillosos donde se produce la sidra, contrató a dos personas para recoger manzanas. Muy contentas con su nuevo trabajo, ambas empezaron a trabajar en seguida. A una de ellas se le cayó una manzana al suelo.

En seguida bajó del árbol para recogerla. Se le cayeron varias manzanas más, pero las recuperó todas, porque era una persona muy trabajadora. En una de las ocasiones, la manzana fue a rodar hasta una zanja y no alcanzaba a cogerla con la mano, de modo que fue a buscar una pala.

Pasó gran parte de la jornada cavando hasta recuperar la manzana. Como había perdido mucho tiempo, no paró para comer y en total trabajó dos horas más que su compañero. Al final del día estaba exhausta, pero había recogido tres hermosos capazos a rebosar.

Le explicó con orgullo al capataz que no había perdido ni una sola de las manzanas del llagar. La otra persona contratada, sin embargo, había recogido siete capazos de manzanas, sin prestar atención a las que se le caían y perdían.

¿A cuál de los dos contrataría el lector?

No es raro que el perfeccionismo incumpla sus promesas de éxito. Nunca tendrá bastante y siempre nos invitará a dar un pasito más para hacer las cosas mejor.

El riesgo es que podemos acabar fijándonos demasiado en los detalles y perder una visión de conjunto más valiosa. Por ejemplo, una paciente con anorexia nerviosa puede centrarse tanto en perder peso que olvide su motivación inicial: ser más atractiva.

Tal vez pensemos que un perfeccionista tendrá una vida de éxito porque lo hará todo bien, pero en realidad se trata de un rasgo de personalidad bastante incapacitante. La vida de personas muy perfeccionistas es dura, exigente, poco fructífera y permanentemente insatisfactoria.

Una alternativa más saludable es aprender a tolerar los fallos y aceptar las imperfecciones como parte de la vida, sin dramatizarlas.


Fuente con Licencia CC4.0: Psicología Bay – El perfeccionismo: no tan perfecto por Vicente Bay.