La mayor es una enfermedad compleja con un componente hereditario. Algunos estudios de casos familiares estiman que tiene una heredabilidad de entre el 30 y el 40%, lo cual es mucho. Pero la intensa y ya larga búsqueda de variantes genéticas asociadas con la depresión ha resultado estéril. Quizá bebido a que tal asociación no existe, o quizá a que no se busca de la forma adecuada.

Como es posible que exista algún gen aún desconocido que explique esa heredabilidad, se han aplicado técnicas modernas de estudio genético (los denominados GWAS) y se han secuenciando simultáneamente decenas de miles de de varios miles de pacientes. Esos estudios también han resultado infructuosos.

El último gran paso ha consistido en lo que los genetistas denominan un meta análisis de esos GWAS. Es decir, fusionar los datos genéticos, clínicos y poblacionales de 22 estudios previos diferentes y volver a analizarlos todos juntos a la caza y captura definitiva de la combinación de genes de la depresión.

Los resultados se han publicado recientemente en una prestigiosa revista de psiquiatría y su conclusión es que se necesita un mínimo de 50.000 pacientes para detectar algún gen asociado con los síntomas de la depresión mayor.

A ver si lo explico para que se entienda: 34.549 pacientes, 86 científicos entre psiquiatras, genetistas y bioinformáticos, 15 instituciones científicas europeas y americanas de prestigio, y vete tú a saber cuantos millones de euros para concluir que no les sale nada. A lo mejor es que no hay nada, que la depresión no tiene una base genética. Pero, sean ustedes razonables, por Dios.

Si no son capaces de demostrar una asociación, demuestren ustedes científicamente que esa asociación no existe y santas pascuas. Nos ahorraremos muchísimo dinero y esfuerzo. ¿o qué?

Pero la ciencia no funciona así. El método científico intenta explicar la a partir de la observación del universo. Esa explicación o hipótesis ha de validarse con nuevas observaciones que la confirmarán o refutarán y que servirán para dar una nueva explicación, la cual a su vez, deberá de nuevo validarse en una especie de bucle o espiral de conocimiento.

Este método tiene una consecuencia: Como lo que no existe no puede observarse, es imposible demostrar científicamente la inexistencia de algo. Por eso no es demostrable que no hay ningún gen asociado a la depresión, como no es demostrable la no existencia de extraterrestres, de Dios o del Monstruo del Espagueti Volador.

En derecho penal han acuñado el termino de prueba diabólica para referirse a las pruebas negativas indemostrables. Frente al derecho moderno que exige probar la culpabilidad, la existencia del delito, algunos sistemas judiciales exigían demostrar la propia inocencia.

Los procedimientos de la Inquisición, por ejemplo, no respetaban la presunción de inocencia y solía incurrir en absurdos lógicos ideados para condenar al reo a no ser que aportara la prueba indemostrable de que no había incurrido en delito.

Tanto en los sistemas judiciales modernos como los científicos rigurosos persiguen la verdad. Por eso los que defienden la existencia de algo son quienes han de demostrarlo. Y no es tan complejo. Como una vez me dijo un empresario de biotecnología: muéstrame un cerdo cantando y yo afirmaré que los cerdos cantan. Porque basta con una sola observación de Dios para demostrar que existe. Así de sencillo y de complejo a la vez. Es algo que saben muy bien los psiquiatras que buscan la base genética de la depresión.

Encontrar esos genes puede llevarles muchos años y dinero. Seguramente tendrán que armarse de imaginación para aclarar la heterogeneidad de la enfermedad y de las variantes poblacionales de los individuos. Y armarse también de osadía para buscar mejores métodos estadísticos de estudio masivo de datos genéticos y médicos. Pero lo harán siguiendo el método científico porque saben que es la forma de encontrar el gen de la depresión y un tratamiento eficaz para la enfermedad.

Y aquellos que les pidan una prueba diabólica serán los que no necesitan validar sus hipótesis para saber una cosa, los que pontifican sobre verdades absolutas, los presuntos intelectuales que se inventan teorías improbables, los que apelan a la fe y a los escritos.

Todos ellos charlatanes sin crédito científico. O algo mucho peor, timadores que intentan aprovecharse de la buena fe de las personas. Gastar dinero en esa gente, eso sí que es un despilfarro.


Fuente con Licencia CC3.0Nihil Quam Pellicatio – La prueba diabólica de la depresión por Manuel J. Rodríguez.

Artículos relacionados