Me costó creer que Gabriel García Márquez padeciera demencia senil y no volviera a escribir. Es una paradoja cruel que el autor del cual aprendí en mi adolescencia que quien no tiene memoria se hace una de papel, no pueda aplicar su receta contra el olvido. La transcribo literalmente de Cien años de Soledad:

“Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde lo impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola.

Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo. Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito.

El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche.

Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita”.

En la novela, la peste del insomnio contagió a todos los habitantes de Macondo, impidiéndoles dormir y eliminando progresivamente todos sus recuerdos. Finalmente, el gitano Melquiades consiguió sanarles, les devolvió la memoria y con ella la realidad, salvándoles así la vida.

Científicos de todo el mundo llevan décadas intentando emular a Melquiades y encontrar el remedio que sane la enfermedad de Alzheimer, la principal demencia de los humanos caracterizada por una pérdida progresiva de la memoria que acaba sacándoles de la realidad.

Para ello utilizan todo tipo de recursos técnicos y estudian el sistema nervioso de ratones principalmente; pero también de ratas, moscas, chimpancés… Y aunque todavía no han sido capaces de encontrar un tratamiento medianamente eficaz, se conoce bastante bien la patología que lleva asociada la enfermedad.

Hay un pequeño péptido, denominado amiloide beta, que se acumula en el cerebro destruyéndolo. El amiloide beta no es exclusivo de los humanos, el chimpancé, el oso polar y el perro también lo desarrollan. Tal es así que el perro anciano desarrolla una disfunción cognitiva que se considera un muy buen modelo natural para estudiar la enfermedad.

Pero la enfermedad de Alzheimer no es contagiosa, me dirán. Los datos epidemiológicos así lo indican, por lo que se diría que no hay ningún agente infeccioso que la propague. ¿O sí? Recientemente se ha publicado el modo detallado en que el amiloide beta se acumula e invade el cerebro.

Se propaga de neurona a neurona a través de sus conexiones sinápticas, multiplicándose y extendiéndose por todo el cerebro de la misma forma que lo hacen los priones. Sí, priones, el agente infeccioso que provoca la enfermedad de Kreutzel-Jakob o mal de las vacas locas.

Quizá no se contagie de persona a persona como un virus, pero parece que la enfermedad de Alzheimer no es tan diferente del mal que asoló Macondo y es una suerte que no se considere al cerebro de perro, de oso polar o de chimpancé un manjar de restaurante con tres estrellas Michelin.

Pese a los paralelismos asombrosos, cuando García Márquez decidió contagiar a los habitantes de Macondo de la peste del insomnio no pensaba en personas padeciendo la enfermedad de Alzheimer, sino más bien en la realidad de una sociedad desmemoriada. Capturada por las palabras, en el universo de Cien años de Soledad esa realidad resulta fantástica cuando no inverosímil.

Pero mientras no aparezca Melquiades con un remedio, en Macondo sólo podemos intentar apresar nuestra realidad escurridiza con palabras. Sobrevivir haciéndonos una memoria de papel o de silicio hasta que olvidemos los valores de la letra escrita. Como los enfermos de Alzheimer.


Fuente con Licencia CC3.0Nihil Quam Pellicatio – La peste del insomnio por Manuel J. Rodríguez.

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