Si preguntásemos a las personas qué necesitan para ser felices seguramente nos darían las respuestas que todos imaginamos. En el Informe Mundial de la Felicidad de la ONU de 2015, España quedó en el puesto 36 de 158 países. Se analizaron cuestiones como renta per cápita, esperanza de vida o percepción de la corrupción.

No estamos mal situados, pero nos llama poderosamente la atención la ausencia de un concepto que seguramente no se haya incluido por complicado. Esta pregunta tiene premio para el primero de la clase que lo diga… efectivamente, hablamos del amor.

Ya lo decían los Beatles allá por 1967: “All You Need Is Love”. Algo que muchas personas piensan y buscan, siendo, para algunos, la condición indispensable para lograr esa felicidad. Quizás la ONU acabe incluyéndolo, queremos hablar del amor en este artículo desde un punto de vista sexológico, pero en ningún caso prescriptivo: cada persona busca la felicidad a su manera.

Lo que tratamos de conseguir es evitar confusiones, malentendidos y agobios que se derivan de esta idea del amor. Tanto la banda de Liverpool como muchos otros ídolos de masas del cine, la televisión o la música han contribuido a esta visión del amor, el amor totalizador y condicionante de todo lo demás: el amor romántico. Veamos, lo primero de todo, de dónde viene y qué características tiene.

Érase una vez el amor romántico

Este cuento está compuesto de tres capítulos. Un tal Platón, filósofo muy influyente de la Antigua Grecia, empezó a tratar este tema. Ya en el año 380 a.C. escribió un libro, llamado “El banquete”, donde hablaba del amor platónico (nótese que el término viene del nombre del autor precisamente), aunque con otro significado al que le damos hoy en día.

Él concebía el amor como la motivación, el impulso que nos empuja a conocer de forma apasionada y desinteresada la belleza. La idea que sí nos dejó Platón es, en esencia, la de la media naranja: la creencia de estar incompletos en ausencia de pareja. Mediante la mitología, narra cómo en la antigüedad los humanos éramos redondos y teníamos cuatro piernas, cuatro brazos y dos genitales.

Esto nos hacía arrogantes por lo que Zeus decidió partirnos en dos y desde entonces estaríamos destinados a buscar nuestra otra mitad para completarnos.

La Iglesia Católica protagoniza el segundo capítulo, hablando de matrimonio y fidelidad. Además, al ver la sexualidad como algo pecaminoso, enfatizó el valor de la castidad. Siendo religión oficial del Imperio Romano, Agustín de Hipona recogió esto en sus obras, y Tomás de Aquino hizo lo mismo años después.

Los alegres trovadores de la Edad Media, entre canción y canción, introdujeron el amor cortés. Este amor añade la idealización de la persona amada, la sumisión a ella y el sufrimiento que ello acarrea. Aquí tenemos el concepto de amor verdadero como amor sufrido y entregado, y el dicho “quien bien te quiere te hará llorar”.

Este tipo de amor no buscaba necesariamente el contacto con la otra persona, solía dirigirse del hombre hacia una mujer de escala social superior y ser adúltero. Esto refuerza el rol de conquistador asociado al hombre, siendo la mujer algo a conquistar, lo que implica un papel activo para él y pasivo para ella.

Durante mucho tiempo, no se escribieron capítulos nuevos, hasta que llegó la Edad Contemporánea y el Romanticismo. Lo principal de este movimiento es el predominio de los sentimientos frente a la razón. Asimismo, son idealistas, buscando el amor perfecto, la belleza absoluta y la felicidad total (algo difícil de encontrar en la vida real).

Con esto llegamos al “colorín colorado y este cuento se ha acabado”… ¿O no? Pues parece que no, porque hoy en día la situación no ha cambiado mucho.

La mitología moderna del amor

El amor romántico se fundamenta en una serie de mitos. Según la RAE, mito, en su cuarta acepción significa “persona o cosa a la que se atribuyen cualidades o excelencias que no tiene”. Veamos cuáles son en este caso:

  • Mito de la “media naranja”: Pensar que elegimos a la pareja que teníamos predestinada y que ha sido la única elección posible. Por tanto, siendo nuestra pareja ideal, hay que permitirle más o esforzarse más para que las cosas vayan bien.
  • Mito del emparejamiento: Dar por hecho que la pareja (heterosexual) es algo natural y universal, y que la monogamia está presente en todas las épocas y culturas.
  • Mito de la exclusividad: Asumir que es imposible estar enamorado/a de dos personas a la vez.
  • Mito de la fidelidad: Creer que todos los deseos pasionales, románticos y eróticos deben satisfacerse exclusivamente con una persona, la propia pareja, si es que se la ama de verdad.
  • Mito de los celos: Éstos son considerados un signo de amor, e incluso requisito indispensable de un verdadero amor.
  • Mito de laequivalencia: Equiparar el “enamoramiento” (estado más o menos duradero) con el “amor” (sentimiento), por lo que si una persona deja de estar apasionadamente enamorada se considera que ya no quiere a su pareja y, por ello, lo mejor es abandonar la relación.
  • Mito de la omnipotencia: Es el famoso “El amor todo lo puede”, y por tanto, si hay verdadero amor, no deben influir los obstáculos externos o internos.
  • Mito del libre albedrío: Suponer que nuestros sentimientos amorosos son absolutamente íntimos y no están influidos por factores socio-biológicos o culturales.
  • Mito del matrimonio: Implica que el amor debe conducir siempre a la unión estable de la pareja y constituirse en la única base de la convivencia.
  • Mito de la pasión eterna: Creer que el amor pasional de los primeros meses de una relación puede (y debe) perdurar pese al paso de los años.

Del mito al hecho, hay un trecho

amor

Como el lector puede fácilmente deducir, resulta absolutamente imposible que una pareja cumpla todas las características arriba mencionadas (y si así fuese, sería desastroso). Quizá, en mayor o menor medida, comparta alguna de las opiniones que se desprenden de esos mitos, y no sería de extrañar, ya que el contexto sociocultural en el que estamos inmersos fomenta estos mensajes.

Sin embargo, las consecuencias de este amor romántico parecen no llevarnos a vivir felices y comer perdices, sino todo lo contrario. A continuación lo explicamos.

En primer lugar, los mensajes ya resultan contradictorios a priori. Si estamos predestinados a estar juntos y el amor todo lo puede, ¿cómo es posible que haya que esforzarse tanto y dejarlo todo por la pareja?

Además, desde esta perspectiva, se invisibilizan muchos colectivos y formas de amor. Las personas homosexuales, bisexuales y poliamorosas no entran en la ecuación del amor romántico, por lo que, para más inri, puede fomentar o servir de justificante a actitudes homófobas y discriminatorias en general.

Aun así, esto no significa que estas personas estén exentas de las influencias de esta forma de entender el amor (también los gays y lesbianas pueden desarrollar celos, dependencia y otras actitudes similares derivadas de esta concepción errónea del amor).

En general, las relaciones entre personas que conciben el amor conforme a los mitos románticos tienen más papeletas para acabar siendo, o bien insatisfactorias, o tan absorbentes que acaben perjudicando a otras facetas de su vida.

Pensémoslo bien: si las demandas tan altas y las expectativas incluyen querer a una sola persona, toda la vida, como el primer día, sin pensar siquiera por un segundo en nadie más, sin necesitar NADA más que a esa persona para ser feliz… Lo sorprendente sería que algo así saliese bien. Y la lista de “efectos secundarios” de este tipo de relaciones es enorme:

– Mayor probabilidad de que el apego desemboque en relaciones de dependencia emocional, porque claro, si dos personas son perfectas la una para la otra, ¿por qué iban a necesitar tiempo libre, espacio propio o intereses ajenos a la pareja? Y ya no hablemos de tener círculos sociales distintos…

– Frustración al comprobar que la relación no es tal como se había idealizado, sentimiento que a largo plazo puede llevar a situaciones de depresión o ansiedad. ¡¿Cómo puede ser que la pasión no dure eternamente como el primer día?!

– Falta de autoestima. Al tener idealizada a la otra persona (que es nuestra perfecta media naranja), cualquier fallo en la relación, real o imaginario, pasa a ser automáticamente culpa nuestra. Además, en una relación de este tipo, suele quedar poco tiempo para conocerse a uno mismo, desarrollar un saludable amor propio y cultivar la relación con la persona que sí que va a estar siempre a tu lado: tú mismo.

– Desequilibrio personal. Habitualmente, estas relaciones son tan exigentes, que quienes las viven pueden acabar descuidando aspectos de su vida social, personal o laboral, en base a que “todo lo que necesita es amor”. Pero hace falta más. Ni siquiera la relación más satisfactoria del mundo haría feliz a una persona si fuese lo único en su vida.

– La vida sexual se puede resentir desde numerosos flancos. Quizá la pareja acabe experimentando problemas de ausencia de deseo debido a las altas exigencias en la relación. Quizá, por el contrario, patologicen o exageren la importancia de una disminución puntual en la actividad sexual, porque no conciben que la pasión varíe de intensidad.
Puede que una o ambas personas de la pareja acaben desarrollando disfunciones sexuales, o sentimientos injustificados de culpa, porque no son capaces de cumplir la premisa de no sentirse atraídos por alguien ajeno a la relación, o se sienten avergonzados de sus fantasías eróticas. Incluso hay quienes llegan a considerar la masturbación como una forma de infidelidad.

– Conductas desadaptativas, como los celos. Y esta es una de las consecuencias más graves desde nuestro punto de vista. No sólo porque se perpetúen falacias como “si tiene celos es porque me quiere”, sino porque fomenta el control de la pareja, las invasiones de la intimidad y lleva incluso a justificar lo injustificable: los malos tratos, siempre bajo el disfraz de que son una muestra de amor.
En 2011, una investigación reveló este escalofriante dato: más del 70% de la población joven “sostenía que existe compatibilidad entre el amor y el maltrato, y que además puede ser una prueba de amor”.

En resumen, todos los “síntomas” causados por los mitos del amor romántico, propician relaciones insatisfactorias (incluso insanas) de las que además es muy difícil salir, porque se concibe la ruptura como un fracaso personal, se carece de la autoestima necesaria para afrontarlo, o se ha desarrollado tal dependencia que la separación resulta equiparable a un proceso de desintoxicación.

¿Qué hacemos entonces? ¿Abolimos el romanticismo?

No diríamos tanto. No se trata de eliminar las muestras de amor, los gestos cariñosos, ni otras muchas pruebas de afecto. Este artículo no es una cruzada contra las relaciones de pareja, la monogamia o el matrimonio. Es tan sólo una llamada de atención sobre los peligros de dejarse llevar por el tipo de amor que tradicionalmente nos han inculcado, o de esperar un final propio de película de Hollywood.

Pero, sinceramente, viendo las características de este tipo de romanticismo, ¿acaso puede siquiera considerarse amor? El amor, concepto demasiado complejo para intentar definirlo aun con ayuda de la RAE, debería en cualquier caso nacer siempre del respeto y la libertad.

Partiendo de la base de que la expresión del amor es una extensión de nuestra propia personalidad, y que no hay dos personas idénticas, debería considerarse que hay tantos tipos de amor como individuos.

¿Qué solución proponemos entonces? Tomando prestadas las palabras de Pilar Sampedro, “me gustaría educar a las nuevas generaciones en un análisis más crítico de este modelo amoroso y estaría más conforme si les hiciéramos planteamientos más realistas sobre la arbitrariedad de la elección amorosa. Me gustaría que entendamos que no hay nadie en el mundo que pueda colmarnos definitiva y eternamente, que los afectos son múltiples, de diferente pelaje y complejidad, que el amor no puede basarse en renuncias y sacrificios y que nunca deberíamos abandonar nuestra individualidad, nuestros proyectos personales, nuestro espacio propio en aras del amor”.

Tal como dice Marwan en su poema “Propuesta para reducir la ansiedad”: ¿Y si en lugar de querernos tanto / probamos a querernos bien?.


Fuente con Licencia CC4.0: Psicomemorias – Medias naranjas, almas gemelas y otros cuentos por Aritz Resines.

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