Recuerdo estar en el hospital, con el cuerpo de padre nuevo que lleva varios días durmiendo entre berridos sobre una silla maltrecha y, en esa duermevela surrealista, recibir sin orden ni concierto órdenes de lo más variopintas, según el turno de enfermeras que tocase.

Las enfermeras del “turno de crianza natural” comentaban que dejáramos dormir a la criatura todo lo que quisiera, bajo el peligro de generarle graves desequilibrios evolutivos, y que la alimentásemos a estricta demanda y solamente con el prístino néctar materno.

En el “turno bioético”, más médico-tradicional y centrado en la conservación de la vida, se apuntaba la posibilidad de que el niño sufriera una hipoglucemia mortal en caso de que durmiera mucho, quedando cada vez más aletargado conforme fuera consumiendo los pocos nutrientes de su diminuto organismo y, por lo tanto, nos exhortaban a despertar a la niña cada 3 ó 4 horas para obligarla a comer, ya fuese teta, biberon o lo que fuera.

Incluso había un tercer turno, llamémosle el “turno del adiestramiento”, que ya venía avisando de que al niño había que marcarle unas pautas claras para que “aprendiera” a comer y a dormir, pues los buenos hábitos del infante con el tiempo nos facilitarían bastante la existencia a los sufridos padres. Lo cierto es que todos tenían su parte de razón.

¿Demasiada información?

En resumidas cuentas, tener mucha información está bien, pero sólo si sabes encajarla. Hoy en día tenemos muchos “expertos” diciendo cosas diametralmente opuestas entre sí. Habría que profundizar mucho para comprender las semejanzas y diferencias reales de los distintos métodos de crianza, que por cierto no son tantas.

Lo que vivimos ahora es un confusionismo extremo que mantiene a los padres en el fuego cruzado de distintas modas de crianza, las cuales van y vienen tan rápido como cambian los trendings topics en Internet. La sabiduría de las abuelas y de los pediatras tradicionales ha sido excluida de la ecuación, sustituida por hashtagsbest-sellers y demás anglicismos que nos dictan hoy en día la manera más cool de vivir.

Tal vez, si levantáramos más la vista de nuestros teléfonos móviles, encontraríamos las caras de nuestros hijos con mayor frecuencia y, seguramente, sabríamos leerlas mejor y adecuarnos a sus necesidades, sin tener que seguir modas ni informaciones vacías.

He llegado a leer a una famosa experta desaconsejando que los niños vieran ningún tipo de televisión hasta los 7 años de edad, bajo peligro de sufrir disociaciones de la realidad, porque no son capaces aún de distinguir la ficción de la vida misma. ¿Perdón? ¿Dónde están los estudios que avalan semejantes aseveraciones? ¿Se han hecho estudios controlados sobre este tema? ¿Y por qué justo 7 años? ¿Por los días de la semana, por los enanitos del bosque, por los colores del arco iris?.

Por supuesto que la televisión tendrá su influencia, eso no se puede negar. Por ejemplo, si a un niño le enseñas violencia cometerá actos violentos con mayor probabilidad. Esto en televisión o de cualquier manera. Pero de ahí a disociarse de la realidad… me parece una afirmación muy ligera y, por decirlo educadamente, osada.

En fin, soy psicólogo y mi hija de dos años ve la tablet mientras come. Aguantamos bastante sin ponérsela, pero, oye, tras mucha lucha con el tema de la comida, descubrimos que cuando está distraída con los dibujos come que da gusto. Los padres somos libres de tomar este tipo de decisiones y, si están equivocadas, también tenemos derecho a equivocarnos.

Yo, mientras algo funciona, no encuentro motivos para cambiarlo. Pero mucho menos encuentro un motivo en la presión social, que es donde sitúo el origen de toda esta crispación crecida alrededor del tema de la crianza.

La crianza hay que disfrutarla, vivirla, sentirla… no diseñarla como si fuéramos el demiurgo de un pequeño mundo donde crece nuestro vástago.


Fuente con Licencia CC4.0: Psicología Bay – Ser padres en el mundo de la sobreinformación por Vicente Bay.

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