Cuando empezaba a estudiarse el funcionamiento de la se creyó que ésta se formaba a través de “anagramas”, es decir, huellas originadas por el que quedaban impresas en unos lugares concretos del cerebro. Hoy en día, sin embargo, se considera que la memoria consta de dos sistemas, uno a corto plazo y otro a largo plazo, y que al estamos, en gran medida, reconstruyendo lo que sucedió realmente.

Uno de los psicólogos que llevó a cabo experimentos para sugerir que nuestros no se almacenan en un lugar concreto fue Karl Lashley, que instruyó a ratas para que aprendieran a recorrer un laberinto para, acto seguido, extirparles distintos fragmentos del tejido cerebral. Las ratas, si bien podían mostrar un deterioro en las funciones motoras, no olvidaban el recorrido completo del laberinto.

La memoria, pues, se almacena, sí, pero no lo hace en un único lugar, sino en una red neuronal interconectada. Simplificando el proceso, al percibir un estímulo, se codifica en el cerebro y luego se almacena en el hipocampo.

Solo las cosas que nos resulten verdaderamente importantes (o que nuestro cerebro considere como tal en base a nuestras experiencias pasadas), superarán la primera fase del hipocampo para guardarse a otro lugar de la corteza cerebral: la memoria a largo plazo.

Pero acceder a estos recuerdos a largo plazo no es tan sencillo como tomar un libro prestado de la biblioteca. Siguiendo con la analogía, al sacar el volumen que guarda el recuerdo que nos interesa, también podemos sacar volúmenes adyacentes, o incluso puede que todo el anaquel de libros se venga abajo.

Entonces, el recuerdo activa el contenido de los recuerdos de otros volúmenes en lo que se denomina activación asociativa. Para complicar más las cosas, el bibliotecario puede que manipule el contenido de los volúmenes que hemos guardado celosamente, hasta el punto de que ponga otra cosa totalmente distinta a la que nosotros escribimos, sin que nos demos cuenta de ello.

Finalmente, al revisar un volumen, puede que también nosotros queramos añadir más detalles, quizá porque alguien nos ha ofrecido más datos al respecto que pasaron desapercibidos para nosotros, reconsolidando el recuerdo en base a los recuerdos, también imperfectos, de otras personas.

En pocas palabras, la biblioteca de nuestra memoria continuamente se sacude, se cambian volúmenes de sitio, alguien modifica fragmentos, sacamos volúmenes y los modificamos nosotros mismos, o incluso los ponemos en otras estanterías.

De este modo, casi nunca recuperaremos una copia fidedigna de lo almacenado. Al menos, cuantas más veces recuperemos un volumen, menos polvo y deterioro acumulará, y más fácilmente leeremos su contenido, con independencia de lo adulterado que haya estado por otros motivos.

Induciendo recuerdos

Una película que retrata magníficamente la imprecisión y la fragilidad de los recuerdos es Doce hombres sin piedad. En ella, doce miembros del jurado deben dirimir si un acusado por asesinato es culpable o inocente. Al principio de las deliberaciones, once de los doce miembros declara su culpabilidad.

Poco a poco, el protagonista, que es el único que aún duda de esa unánime culpabilidad, pone en evidencia que los recuerdos de los testigos, así como los recuerdos del propio jurado acerca de lo acaecido durante el crimen, son en realidad interpretaciones que poco o nada tienen que ver con lo que pudo haber pasado realmente.

Finalmente, los doce miembros del jurado asumen que no hay ninguna prueba sólida para condenar al acusado. En solo noventa minutos de metraje, el excelente guión de Reginald Rose pone a la vista de todos algunas de las analogías entre nuestros recuerdos y la biblioteca descabalada.

El equivalente de Doce hombres sin piedad en el mundo real probablemente sea el escándalo de los falsos recuerdos inducidos por terapeutas a propósito de violaciones en la infancia.

Sus técnicas, consistentes en preguntas que insinuaban la respuesta adecuada, refuerzo de respuestas concretas y mucha repetición, provocaban inadvertidamente que cientos de adultos creyeran que habían recibido abusos sexuales en la década de 1980 por parte de los maestros de educación preescolar. Tal y como señala David Linden en El cerebro accidental:

«El problema de la sugestibilidad es aún mayor en los , sobre todo, en los niños de edad preescolar. En un estudio típico, un hombre calvo visitó a un grupo de preescolares en el aula, les leyó un cuento, jugó con ellos durante un breve espacio de tiempo y luego se fue. Al día siguiente, se hizo a estos niños una serie de preguntas no lineales del tipo “¿Qué sucedió cuando vino aquel hombre a visitaros?”, y los niños respondieron contando una serie de recuerdos que, si bien no eran completos, resultaban bastante precisos.

Pero cuando se les hacían preguntas que de algún modo sugerían la respuesta que se quería obtener, como “¿De qué color tenía el pelo?”, entonces un gran número de niños escogían un color. Aun aquellos niños que al principio respondían que aquel hombre no tenía pelo en la cabeza, empezaron, sobre todo desde que la pregunta fue repetida varias veces en diferentes sesiones, a fabular y a ampliar más aún el falso recuerdo».

A la hora de acceder a los recuerdos, el poder de las asociaciones resulta tan ubicuo que incluso influye el lugar en el que estamos en el momento que tratamos de recordar. Por ejemplo, es más sencillo recordar algo en el lugar donde lo hemos aprendido.

Y, del mismo modo, cambiar de lugar también nos impulsa a pensar de un modo distinto haciendo que las asociaciones más arraigadas sean más irrelevantes. Cambiar de perspectiva física, también nos hace cambiar de perspectiva neuronal.

Modalidades de memoria a largo plazo

Los recuerdos a largo plazo, los que han superado la criba del hipocampo y se han almacenado en nuestra biblioteca algo descabalada, y profundamente interconectada hasta el punto de que unos recuerdos se solapan a otros, parecen presentarse en dos modalidades:

  1. Memoria explícita o declarativa: es una especie de enciclopedia de conocimiento de sucesos (memoria episódica) o datos (memoria semántica), así como de otras cosas que pueden recordarse explícitamente.
  2. Memoria implícita o procedimental: es la memoria de la experiencia (como aprender a conducir), de algo que sabemos hacer o sentimos, pero que difícilmente podremos explicar.

Ambas modalidades de memoria no están completamente separadas, y suelen interactuar entre sí, lo cual también añade aún más ruido al proceso de recuperar recuerdos.

Así pues, en conclusión, los recuerdos no son tanto una forma de tener presente el pasado como una forma de construirnos y dar coherencia a nuestros actos y pensamientos, aunque todo de un modo un tanto precario y torticero, tal y como señala la coeditora de Boing Boing Xeni Jardin:

“La experiencia humana del tiempo no es lineal, y tampoco lo es el tiempo mismo, de modo que no existe un archivo único y neutral de cada uno de los acontecimientos vitales registrados”.


Fuente con Licencia CC3.0: CONEC – Lo que recuerdas no es verdad por Sergio Parra.

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