“El problema humano básico es la falta de compasión. Mientras este problema subsista, subsistirán los demás problemas. Si se resuelve, podemos esperar días más felices.” -Dalai Lama.

En este mundo tan competitivo que hemos creado, la compasión es una cualidad olvidada. Sí, a veces la sacamos a pasear ante grandes desastres y calamidades, como cuando nos muestran en televisión imágenes terribles de niños que han sido víctimas de la guerra.

Ahí desactivamos el automático y rememoramos por un instante nuestra humanidad. Sin embargo, rara vez sentimos compasión de forma cotidiana, por gente de nuestro por ejemplo, y nunca o casi nunca sentimos compasión por gente que nos resulte amenazadora.

Con frecuencia estas personas amenazantes son simplemente nuestros iguales, a quienes no dudamos en conceptualizar como nuestros competidores y, a veces, como potenciales fuentes de dolor en diversos sentidos, ya sean reales o imaginarios.

Así las cosas, cuando nuestros iguales son básicamente enemigos, es normal que la compasión nos sea un sentimiento ajeno y extraño.

Pero, ¿en qué consiste exactamente la compasión? ¿Cómo se hace para ser compasivo? ¿Qué caracteriza a una persona compasiva? No basta con sentir pena o piedad, como quien da una limosna en la calle, sino que debe existir un sentimiento más proactivo y transformador.

¿En qué consiste la compasión?

Voy a relatar un ejercicio que a mí me ayudó mucho a comprender y a sentir lo que significa la compasión.

En un curso sobre Psicoterapia y que se impartió en el Ateneo de Madrid, el profesor Ronald Siegel, de la universidad de Harvard, nos propuso el siguiente ejercicio. Nos pusimos por parejas y nos sentamos frente a frente de un desconocido. El ejercicio consistía en mirarnos fijamente a los ojos sin hacer ni decir nada. Evidentemente era bastante molesto.

Resultaba amenazante tener a un desconocido a menos de un metro de distancia escudriñándote atentamente. Entonces el profesor Siegel nos invitó a viajar al pasado e imaginar el nacimiento de la persona que teníamos delante.

Visualizamos al otro en los días en que era un bebé recién nacido. Imaginamos cómo sus lo cogían en brazos por primera vez. Lo vimos crecer, como cualquier persona, como nosotros mismos, sometido a su ambiente particular y respondiendo a las demandas de su entorno. Lo vimos desarrollándose hasta llegar a convertirse en la persona que teníamos delante, un producto de su y de sus experiencias vividas.

De repente, esa persona ya no resultaba en absoluto amenazadora. La compasión había vencido al miedo.

El secreto de la compasión es saber mirar al prójimo con los ojos con los que lo miraría su madre. Aceptar sus virtudes y sus defectos sin juzgarlo. En lugar de protegernos ante su presencia, observarlo tal y como es, aceptarlo en nuestro espacio y compartir sus sentimientos. Desear que esté bien y que en su vida desaparezcan las dificultades.

Más allá de criticar su conducta, hacer un esfuerzo por comprenderla. Ir tirando del hilo de las causas que le han llevado a ser como es. Entender sus acciones, pensamientos y sentimientos como partes de procesos más amplios, más que como estados puntuales que o nos gustan o nos disgustan. Y desde ahí, desde esa mirada de interés, respeto y comprensión, sentir el deseo de ayudarle a alcanzar un estado de bienestar.

¿Y qué ocurre con nosotros mismos?

Nada muy diferente. En este mundo tan competitivo que hemos creado, incluso la compasión por uno mismo está olvidada. Muchas veces actuamos como nuestro propio supervisor implacable. Estamos atentos a nuestros defectos y fracasos y nos los echamos en cara a la mínima oportunidad.

Pero no para educarnos y para ayudarnos a mejorar como haría una madre, sino como lo haría un desconocido sin compasión, sin conciencia sobre el proceso de nuestras vidas, con fría intolerancia e inoportunas exigencias. Esto nos mantiene en un perpetuo estado de autoexamen que no nos permite estar relajados.

Tenemos al enemigo dentro, un capataz con su látigo dispuesto. Ante esta continua amenaza, nuestra se ve afectada. No podemos desarrollar una imagen sana de nosotros mismos. Por eso es importante practicar la autocompasión.

¿Qué podemos hacer para desarrollar la autocompasión?

Muy sencillo: tratarnos de forma amable y con cariño. Hablarnos a nosotros mismos como lo harían unos padres amorosos; con sabiduría y firmeza, pero con benevolencia. No se trata de hacernos frágiles, de sentirnos víctimas o vulnerables; eso es autocompasión mal entendida y morbosa (también llamada autoconmiseración); sino de querernos y de fortalecernos a través del amor que nos prodigamos.

Se trata de dirigirnos a nuestro yo como haría alguien que nos quiere y que quiere lo mejor para nosotros. Hablarnos como le hablaríamos al niño que fuimos si pudiéramos viajar al pasado, sabiendo comprenderle, aceptando sus defectos con buen humor y proponiéndole soluciones constructivas y a su alcance. Tampoco se trata de autoengañarnos.

No se trata de decirnos a nosotros mismos que somos maravillosos cuando seguramente no es verdad. Ya sabemos que no somos los mejores, pero nos aceptamos y nos queremos como lo hacen los padres con sus hijos, como cada cual puede hacer consigo mismo.

Cultivando la autocompasión la vida se llena de nuevas posibilidades. Se abre ante nosotros un futuro confiable y prometedor. Probadlo. No os arrepentiréis.


Fuente con Licencia CC4.0: Psicología Bay – La importancia de la autocompasión por Vicente Bay.