Muchas personas han contactado conmigo a raíz de una entrada anterior del blog que hacía referencia a los celos en la infancia. Casi todos los comentarios tenían la misma base de fondo, algo así como: “¿que entienda cómo puede sentirse supone que tenga que dejar que pegue a su hermano/a?”

Rotundamente no. Vayamos paso a paso identificando conductas que pueden tener que ver con los celos y viendo algunas opciones para gestionarlas:

Conductas regresivas

(“si soy como él/ella, obtendré los mismos cuidados”)

Son aquellas situaciones en las que un/a niño/a actúa como si no hubiera adquirido habilidades que anteriormente desarrollaba. Por ejemplo, Unai que llevaba tiempo desayunando en taza pidió volver a desayunar en biberón o Raquel, que comenzó a utilizar un lenguaje más infantil de lo habitual tras el nacimiento de su hermano.

Generalmente, frente a estos estados regresivos de los/as niños/as solemos actuar intentando demostrarles que ya no son tan niños/as y que pueden hacerlo como si fueran más mayores, negando su reclamo y obviando su sentimiento. Aunque a los adultos pueda parecernos “tonto” o “infundado”, para los/as niños/as la competencia con sus hermanos/as puede ser motivo de inseguridad y ansiedad profundas.

Por ello, algunos/as niños/as necesitan volver a etapas previas en las que sentían que controlaban la situación y en las que tenían la certeza de  que los adultos estaban con él/ella para ayudarle en lo que necesitara (porque ahora, es a su hermano/a al que atienden).

Nuestro miedo a que sea eternamente así, como si fuesen a quedarse atascados/as en esa etapa, puede llevarnos a obligarles a enfrentarse a situaciones para las que no se sienten preparados/as, sin darnos cuenta de que si les permitimos regresar a aquella época en la que sí se sentían seguros/as, llegará el momento en el que vuelvan a actuar acorde a su momento evolutivo. Suele ser cuestión de días o semanas.

Conductas agresivas

(“él/ella tiene toda la culpa”)

El miedo a perder los cuidados de sus padres le lleva a responsabilizar de su situación a el/la pequeño/a o a otras personas contra las que descarga su rabia. Puede mostrarse hostil contra los adultos que juegan o ríen las gracias de el/la pequeño/a, o agredir de forma directa ó indirecta a su propio/a hermano/a.

En mi opinión, conviene que estas conductas sean encaminadas de otra forma, ya que de aceptar la emoción a permitir la conducta, hay un largo trecho. Los celos suelen conllevar un grado importante de agresividad; mucho enfado que le lleva a destruir. Esa necesidad es muy lícita, y para satisfacerla, podemos encontrar objetos que puedan ser destruidos.

Por ejemplo, podemos destinar las revistas viejas a ser destrozadas antes de pasar al reciclaje, de forma que cuando mi hijo/a esté enfadado le anime (y mejor si le ayudo) a descargar esa energía rompiendo las revistas. Podemos hacer lo mismo con el pan duro que podremos convertir en pan rallado después de haberlo pisado y golpeado.

Vergüenza, timidez, tristeza

(“este ya no es mi lugar”)

Si los celos en lugar de conectar con el enfado hicieran aflorar la vergüenza o la tristeza, podemos acompañarlos igualmente, estando presentes, demostrando que no están solos y que yo, como madre o padre, estoy aquí para lo que necesite. Que mi amor es incondicional aunque mi tiempo sea limitado.

Podemos ayudarle también realizando con él/ella actividades que sean “de mayores”, ayudándole a sentir que el nuevo lugar que ocupa en la familia tiene privilegios. Por ejemplo, ver alguna película en el cine o ir al zoo mientras el/la pequeño/a se queda con los abuelos, pintar camisetas para toda la familia y que si quiere pueda pintar también la de su hermano/a porque él/ella es pequeño/a y todavía no puede,…

Muchos/as niños/as se interesan por los cuidados que necesita su hermanito/a y están dispuestos/as a colaborar. Ir guiándoles sobre cómo hay que hacerlo en lugar de decirles como no hay que hacerlo: “le sentamos en el cambiador para ponerle la camiseta” vs. “no le pongas la camiseta estando tumbado”, les ayudará a sentirse válidos/as y capaces, autoafirmando su autoestima y seguridad.

Si queremos que nuestros hijos/as hablen abiertamente de sus sentimientos, es necesario entrenarnos para demostrarles que los aceptamos. Sobre todo los desagradables como el odio o la envidia hacia sus hermanos/as.

Quizá nos ayude darnos cuenta de que es verdad que una parte de él/ella le odia, pero también hay otra parte que le quiere; y ambas partes en conflicto generan al niño/a que vive los celos un sentimiento tremendamente desagradable. Si además, ese odio no es reconocido por las personas más importantes en su vida, sus padres, al malestar se le sumará la frustración de sentirse incomprendido.

Y es que el/la niño/a sabe que su supervivencia depende del amor de sus padres, de la sensibilidad que tengan para detectar sus necesidades y satisfacerlas. Si inteligentemente detecta, que sus padres están volcados en un nuevo ser, ¿cómo no tener miedo? Cuanto más nos neguemos en aceptar la evidencia, más necesitará autoafirmar su sentimiento y más difícil será ayudarle a gestionar esa emoción.


Fuente con Licencia CC4.0: Nor Gara – Acompañando los celos por Lidia Aguilera.

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