¿De verdad existe la crisis de la mediana edad?

¿De verdad existe la crisis de la mediana edad?

A menudo, se considera la mediana edad como un punto de inflexión, una suerte de colina que, tras ascenderla, ofrece unas vistas inquietantes. Ya lo dijo Víctor Hugo: “los 40 son la edad madura de la juventud y los 50, la edad joven de la madurez”.

La percepción de que el alma adulta se enfrenta en algún momento a la oscuridad de la noche (o intenta evitarla con injertos capilares al viento en un descapotable) está muy arraigada. Los estudios revelan que la gran mayoría de las personas creen que existe la denominada “crisis de la mediana edad”, y casi la mitad de los adultos mayores de 50 años afirman haberla experimentado. Pero, ¿es real o solo una creencia?

Los resultados de las encuestas demuestran que a mitad de nuestra vida la satisfacción vital decae, de acuerdo a las respuestas proporcionadas tanto por hombres como por mujeres. Según el sondeo australiano HILDA, el nivel de complacencia más bajo se presenta a los 45 años, mientras que el Australian Bureau of Statistics (la oficina de estadística del país oceánico) establece la etapa comprendida entre los 45 y los 54 años como la más sombría en la vida de una persona.

La mediana edad puede resultar desconcertante para algunos, pero las pruebas no apuntan a que se trate de un período de crisis y desánimo. De hecho, en el plano psicológico las cosas tienden a mejorar. Es normal que se sucedan pequeños bajones al mirar dentro de uno mismo (ocurre aunque objetivamente no estemos peor), ya que nuestra atención deja de centrarse en el pasado para hacerlo en el futuro, y eso requiere de un proceso para ajustar las piezas.

¿Cuál es la mediana edad?

Los escenarios vitales con los que podemos no estar contentos son numerosos cuando alcanzamos la mediana edad. Sin embargo, no está claro si se trata de una crisis o es tan solo un fantasma al que nosotros damos forma.

Hay razones para ser escépticos, principalmente por la complicación que supone fijar el momento en que tiene lugar la presunta crisis, debido a que el concepto de “mediana edad” va cambiando con el paso del tiempo. Un estudio expuso que los adultos más jóvenes consideraban que la mediana edad se extendía desde los 30 hasta los 50, mientras que los mayores de 60 sostenían que comprendía desde finales de la década de los 30 hasta la mitad de los 50.

Un estudio estadounidense recogió las respuestas de un tercio de septuagenarios que se definían a sí mismos de mediana edad. Esta investigación coincide con el descubrimiento de un sector de mediana edad que se siente una década más joven de lo que dice su partida de nacimiento.

Independientemente de cómo y cuándo definamos la mediana edad, debemos preguntarnos si las crisis tienden a concentrarse en ese período. Un estudio lo desmiente al indicar que, simplemente, es más habitual que creamos que estamos en crisis a medida que envejecemos. Entre los participantes del estudio de entre 20 y 29 años, un 44% manifestaron sufrir una crisis, frente al 49% de los sujetos de entre 30 y 39 y al 53% de los individuos de entre 40 y 49 años.

Otra investigación demostró que los participantes, cuanto mayores, más tarde declararon haber pasado por una crisis vital. Aquellos que superaban los 60 años recordaban haber experimentado ese desequilibrio en torno a los 53, mientras que los de 40 databan la suya a los 38 años.

Podría decirse que no hay distintas crisis de la mediana edad, sino crisis que ocurren en un momento determinado, ya sea antes o después.

La opinión de los teóricos

El psicoanalista Elliot Jaques, quien acuñó el término crisis de la mediana edad en 1965, consideró que era un reflejo de la toma de consciencia de la propia mortalidad. “La muerte”, escribió, “deja de ser un concepto general o un suceso vital consistente en la pérdida de alguien cercano para convertirse en un asunto personal”.

El logro fundamental de la mediana edad, según Jaques, es superar el idealismo juvenil para abrazar lo que llamó el “pesimismo contemplativo” y la “resignación constructiva”. El teórico canadiense argumentó que la entrada en la mediana edad coincidía con la superación de la negación de la muerte y de la destructividad humana.

Carl Jung tenía una visión diferente. Defendía que la mediana edad era la etapa en la que aspectos anteriormente reprimidos de la psique eran integrados, de manera que los hombres podían recuperar su parte femenina inconsciente o ánima, imperceptibles durante su juventud, y las mujeres rescatarían su opuesto, el ánimus.

También se han ofrecido explicaciones menos profundas, como que la crisis tiene lugar cuando los hijos abandonan el hogar o cuando los adultos se encuentran generacionalmente entre dos tierras: han de cuidar a los niños y a los padres, que en algunos casos son ancianos. Además, las enfermedades crónicas comienzan a hacer acto de presencia y provocan un empeoramiento, y el mercado laboral comienza a cerrar sus puertas a aquellos que se encuentran cerca del ecuador de su vida.

Sin embargo, todo apunta a que, detrás de todo, subyace algo más básico y biológico. Los chimpancés y los orangutanes no padecen vértigo existencial ni sufren el síndrome del nido vacío o estrés por culpa del trabajo; aun así, hacia la mitad de sus vidas muestran un decaimiento en su bienestar similar al de sus primos humanos.

Un estudio descubrió que los chimpancés y los orangutanes, a sus veintimuchos y treintaimuchos, respectivamente, mostraban sus picos más bajos en el estado de ánimo, muy poco placer al participar en actividades sociales y una paupérrima capacidad para conseguir sus objetivos. Los investigadores especularon con la posibilidad de que este patrón reflejase cambios en las estructuras cerebrales asociadas a la edad, comunes a todas las especies de primates, relacionadas directamente con el bienestar.

La mediana edad como una etapa de crecimiento y no de crisis

Los episodios de crisis no tienen por qué estar estrechamente vinculados a sucesos vitales no deseados. A menudo, las investigaciones no consiguen establecer conexiones entre las adversidades y las crisis autodiagnosticadas.

Un estudio desveló que las personas que expresaban sentirse inmersas en una crisis en la mitad sus vidas no habían experimentado recientemente un divorcio, la pérdida de su empleo o el fallecimiento de un ser querido, pero sí habían pasado en algún momento por un cuadro depresivo.

La idea de que la mediana edad es una época marcada por el pesimismo psicológico también es desmentida por la evidencia científica. A pesar de la curva en forma de U que representa la satisfacción vital, la mayoría de los cambios que tienen lugar son positivos.

Un ejemplo es la evolución de la personalidad. Un estudio longitudinal que siguió a miles de ciudadanos estadounidenses de entre 41 y 50 años reveló que a medida que envejecían, se volvían menos neuróticos y más seguros. Estas variaciones no respondían a experiencias vitales adversas: lo habitual no era la aparición de la crisis, sino el aumento de la resiliencia.

Otro estudio hizo un seguimiento de una muestra de mujeres de entre 43 y 52 años. Los resultados mostraron que tendían a ser menos dependientes y críticas consigo mismas y más seguras, responsables y decididas cuantos más años cumplían. Los cambios tampoco respondían a experiencias como la menopausia o el nido vacío.

Muy parecidas son las conclusiones a las que llegan otros estudios. En general, los cambios psicológicos durante la mediana edad conducen a un mayor bienestar. La personalidad se vuelve más estable, los individuos se aceptan más a ellos mismos y las emociones positivas se acaban imponiendo sobre las negativas a lo largo de los años.

Además, que las personas afirmen experimentar una crisis en la mitad de sus vidas tiene su lado bueno, y es que una investigación señaló que cuantos más conflictos personales se producen, más empatía existe entre unos sujetos y otros. Por otra parte, quizá no sorprenda demasiado que los adultos de mayor edad consideren el ecuador de su vida su etapa preferida.

El verdadero desafío es superar la mediana edad con una satisfacción vital renovada, y la mayoría lo consigue. También lo dijo Víctor Hugo: “es maravilloso cuando la gracia se combina con las arrugas”.


Artículo traducido gracias a la colaboración de Fundación Lilly.


Nick Haslam, Professor of Psychology, University of Melbourne

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
The Conversation

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