Cuando estamos sumergidos en la vorágine del día a día sólo tenemos ojos para lo urgente. Ya hemos hablado muchas veces de lo dañino que resulta dar prioridad a lo urgente frente a lo importante.

Y no es que lo urgente no haya que hacerlo, pero si continuamente interrumpimos lo que estamos haciendo por una llamada del jefe o porque un cliente nos pide algo, estaremos dinamitando nuestra productividad.

Sin embargo, dar prioridad absoluta solo a lo importante tampoco es la mejor estrategia productiva –ya sé, alguno estará abriendo los ojos como platos pensando que estoy a punto de decir una herejía. Bueno, antes de que alguno me excomulgue, dejad que me explique…

Todos tenemos un puñado de proyectos repartidos entre las distintas áreas de responsabilidad, y dedicamos una buena parte de nuestro tiempo a trabajar en ellos. Ya sea abrir un nuevo mercado para nuestra empresa, o preparar las próximas vacaciones familiares, son cosas importantes para nosotros, profesional y personalmente. Parece lógico pues que les demos prioridad.

Sin embargo, junto al trabajo “de verdad”, también conviven multitud de pequeñas tareas rutinarias y administrativas, como archivar las facturas, cambiar las bombillas fundidas, llevar el coche al taller, o hacer la declaración de la renta.

Es cierto que estas tareas no nos aportan valor, al menos no en el sentido que lo hacen los otros proyectos. Pero también forman parte de nuestras responsabilidades, y tenemos que hacerlo igualmente.

El riesgo que corremos si nos enfocamos demasiado en lo importante, es que podemos dejar sin hacer lo menos importante. Aunque en principio esto no parece muy grave, procrastinar lo poco importante de manera sistemática puede convertirse en un punto de desequilibrio en nuestra vida, o incluso meternos en verdaderos problemas.

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No cambiar una bombilla del salón puede generar estrés mental y cierto grado de incomodidad cada vez que entremos al salón –la luz que no funciona nos recordará constantemente que hay algo que todavía no hemos hecho desde hace semanas.

No liquidar los impuestos a tiempo puede implicar cosas todavía más graves, como por ejemplo el pago de multas.

Por tanto, a la hora de priorizar las tareas tenemos que dar su justo valor a cada una, sin olvidar la importancia que tienen las tareas poco importantes. La habilidad que tengamos para combinar adecuadamente lo importante y lo no importante será fundamental a la hora de medir nuestro éxito productivo.

Y tú, ¿qué importancia le das a las cosas poco importantes? Comparte tu opinión con nosotros en un comentario.


Fuente con Licencia CC4.0: JerónimoSánchez – La importancia de las tareas poco importantes por Jerónimo Sánchez.

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La importancia de las tareas poco importantes
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