Al igual que en otras especies animales, cuando los seres humanos nacemos no somos capaces de valernos por nosotros mismos. Nuestro organismo aún tiene que madurar después del parto, y requiere un largo proceso de aprendizaje.

Durante esta etapa, bebés, polluelos y cachorros –entre otros– son extremadamente vulnerables, y necesitan que el adulto les asegure el alimento, el sueño y los cuidados necesarios para terminar de desarrollarse y empezar a explorar el mundo. Para ello, aparece una de las conductas fundamentales para la supervivencia de muchas especies: el apego.

Pero… ¿qué es eso del apego y por qué es tan importante?

Una de las primeras cosas que aprende un estudiante de psicología –y una de las que más llama la atención– es que en el año 1935 el zoólogo Konrad Lorenz describió una forma de aprendizaje en la que un animal recién nacido fija su atención en el primer objeto en movimiento que percibe a través de los sentidos que tenga desarrollados –en función de la especie–. A partir de ese momento, la cría comienza a seguir a dicha figura allá donde vaya. Llamó a este tipo de aprendizaje impronta.

Este fenómeno, descrito por aquel entonces como una forma de aprendizaje relativamente simple, fue el origen histórico de toda una teoría del apego, centrada en el estudio de las relaciones entre los individuos.

Fundamentalmente, el apego hace referencia a la necesidad de un recién nacido de crear un vínculo emocional con al menos una persona. Si bien esta necesidad está presente a lo largo de todo el ciclo evolutivo de la persona, resulta esencial para el correcto desarrollo del bebé en estas etapas tan sensibles.

Hoy en día está bastante aceptado que las experiencias durante la infancia tienen una poderosa influencia en la vida adulta. Existe un fuerte apoyo por parte de numerosas investigaciones tanto en población general o clínica. Ya en 1965, John Bowlby propuso que las relaciones durante la infancia definen las futuras relaciones del individuo. Este psiquiatra inglés señaló que los niños establecen rápidamente un fuerte apego hacia el cuidador, incluso en situaciones de abuso o negligencia.

En nuestra especie, los bebés permanecen bastante tiempo con los cuidadores antes de comenzar a gatear y caminar. En ese momento, las figuras de apego resultan esenciales para explorar el entorno, pues los niños los utilizan como base segura para ir, sabiendo que podrán volver sin sentirse rechazados.

Oxitocina… ¿la hormona del amor?

En la actualidad, muchas investigaciones se han centrado en tratar de descubrir qué sucede a nivel químico en nuestro cerebro en este tipo de comportamiento. La oxitocina ha sido previamente relacionada con la regulación de conductas sociales complejas como el apareamiento, la monogamia o la conducta maternal, por lo que se ha convertido en un firme candidato a estudiar.

Mucho se ha escrito sobre el rol de la oxitocina en las emociones. Incluso los medios de comunicación tradicionales se han hecho eco de investigaciones sobre la llamada “hormona del amor” y su relación con la fidelidad, la socialización e incluso la felicidad. Sin embargo, muchas veces se tiende a simplificar los efectos que una sustancia como ésta tiene sobre nuestro comportamiento.

La oxitocina es una neurohormona, es decir, una sustancia que en el sistema nervioso central tiene una función en la neurotransmisión o comunicación neuronal, y en el resto del organismo funciona como una hormona clásica. Es por este doble papel que juega un rol central en la red neuroendocrina que coordina el comportamiento social.

Esta sustancia es sintetizada por las neuronas del hipotálamo, una región de nuestro cerebro relacionada con la regulación de muchos estados de nuestro organismo, como el sueño, la alimentación y la reproducción.

Siempre que se habla de la “química cerebral” hay que saber que no sólo hay que tener en cuenta la sustancia, sino el receptor al que se une. Por decirlo de otra manera, una llave abre su cerradura pero, ¿qué puerta abre esa cerradura?.

En el caso de la oxitocina, resulta fascinante que sólo con una cerradura –un tipo de receptor– es capaz de abrir muchas puertas, es decir, intervenir en una gran cantidad de funciones, cosa que no ocurre con la mayoría de las sustancias de nuestro organismo.

Otra cuestión importante de las neuronas que fabrican oxitocina es que son muy similares a lo largo de la evolución de los vertebrados. En distintas especies de animales se ha encontrado que neuronas prácticamente idénticas, en zonas del cerebro muy relacionadas, están involucradas en las mismas funciones.

De hecho, los circuitos cerebrales que regulan las formas básicas de comportamiento social son sorprendentemente similares entre las distintas especies de vertebrados. Esta “red de comportamiento social” incluye fundamentalmente la amígdala y el hipotálamo.

La investigación con animales ha arrojado luz acerca de los mecanismos neurales que intervienen en el establecimiento del apego entre la cría y la madre.

Entonces, ¿cómo se produce el apego?

Como hemos visto, el apego es un proceso complejo en el que intervienen factores personales, relacionales, etc. Dada la complejidad del tema, nos vamos a centrar en una breve descripción de los cambios que se producen en nuestro cerebro cuando establecemos este vínculo afectivo.

No obstante, no queremos transmitir la idea de que la causa del apego son estos cambios a nivel cerebral, sino explicar cómo el cerebro se adapta como consecuencia del vínculo.

Se ha demostrado en ratas que a los pocos minutos de que la cría perciba el olor de la madre se producen cambios en el bulbo olfatorio, la zona del cerebro encargada de procesar la información de los olores. Estos cambios permiten que se forme una huella, una asociación a largo plazo del olor de la madre en las células que componen esta región.

Uno de los efectos que tiene este aprendizaje del olor maternal es que disminuye el estrés de la cría. Como consecuencia, ésta se acerca a la fuente del olor en busca de alimento. Esto se ha podido confirmar en laboratorios de investigación, donde al liberar oxitocina en el sistema nervioso central de los animales se podía ver claramente dicho efecto anti-estrés.

Sin embargo, aún queda mucho por conocer acerca de los mecanismos por los cuales nuestro cerebro cambia para adaptarse al entorno en el que nos desarrollamos y crecemos.

Lo que es cada vez más evidente es que ha quedado atrás el tiempo de pensar que el cerebro del bebé es una versión en miniatura del cerebro del adulto, en el que las funciones más complejas se van desarrollando poco a poco. Más bien, los datos actuales parecen indicar que al nacer el cerebro está especialmente preparado para la supervivencia.

Esto se ve reflejado en el hecho de que la conducta del bebé puede activar la liberación de ciertos neurotransmisores en el cuidador, como la oxitocina y la dopamina, que influyen sobre la conducta maternal del cuidador. Así que no queda otra que aceptar que al relacionarnos con un bebé, éste nos influye al igual que nosotros le influimos a él.


Fuente con Licencia CC4.0Psicomemorias – La química entre madre e hijo por Daniel Alcalá López.

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La química entre madre e hijo
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