Lo inesperado juega un rol fundamental a la hora de aprender algo nuevo o de consolidar un recuerdo. Un error de predicción puede “abrirnos la cabeza” y modificar nuestras memorias. Un equipo interdisciplinario de investigadores apunta a aprovechar ese conocimiento para tratar trastornos de ansiedad y, también, el deterioro cognitivo leve, que puede llevar al Alzheimer.


Un evento inesperado hace que una memoria consolidada pueda hacerse frágil e inestable y, en ese estado de labilidad, modificarse (actualizarse, fortalecerse o, incluso, borrarse). Ese período de “vulnerabilidad” dura un cierto tiempo, después del cual la memoria vuelve a estabilizarse.

Pensemos en una persona que es fóbica a los perros. Alguien que, ante la presencia de cualquier pichicho, cree que va a ser mordido por el animal. ¿Por qué un individuo que a lo largo de su vida se cruzó con cientos de canes sin sufrir un mínimo rasguño sigue creyendo que el animal lo va a atacar? En otras palabras: ¿Por qué no “actualiza” esa información en su cerebro?

“Esa es la pregunta que motoriza nuestro trabajo”, revela María Eugenia Pedreira, investigadora del CONICET en el Laboratorio de Neurobiología de la Memoria (LNM) de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.

En el camino para responder a ese interrogante, Pedreira integra un equipo interdisciplinario de científicos que desarrolla un proyecto de investigación con el cual se apunta a lograr nuevos tratamientos para los trastornos de ansiedad y, también, para otros trastornos neuropsiquiátricos como el deterioro cognitivo leve, que puede llevar a la Enfermedad de Alzheimer.

La novedosa hipótesis que guía el trabajo interdisciplinario está por publicarse en la prestigiosa revista Neurobiology of Learning and Memory.

El valor de equivocarse

Se dice que “errar es humano”. Sin embargo, también yerran otras muchísimas criaturas. De hecho, desde hace décadas se sabe que el error es un mecanismo natural de aprendizaje para la gran mayoría de los animales (incluido el hombre, por supuesto).

En el campo de los estudios sobre la memoria, se denomina “error de predicción” (EP) a la incongruencia entre lo que uno espera que suceda y lo que realmente ocurre. Está demostrado que el EP es un motor para el aprendizaje. Es que predecir correctamente las consecuencias de un acontecimiento puede ser crucial para la supervivencia de un animal.

Por eso, ante un error de predicción, el cerebro asimila y acomoda la información nueva e inesperada con el objetivo de minimizar la posibilidad de equivocarse ante un escenario futuro similar. Es decir, aprende.

El proceso que da lugar a este fenómeno se conoce con el nombre de “reconsolidación” de la memoria. Según este concepto, un evento inesperado hace que una memoria consolidada pueda hacerse frágil e inestable y, en ese estado de labilidad, modificarse (actualizarse, fortalecerse o, incluso, borrarse). Ese período de “vulnerabilidad” dura un cierto tiempo, después del cual la memoria vuelve a estabilizarse (reconsolidarse).

El LNM es pionero a nivel mundial en el estudio del proceso de reconsolidación de la memoria. De hecho, fue de los primeros –en 2007- en demostrar la existencia de este fenómeno en los seres humanos. De acuerdo con este modelo, las memorias no serían un depósito creciente de recuerdos inalterables, sino “cajas” que, ante un evento específico, pueden abrirse, alterar su contenido, y volver a cerrarse. Pero, que una memoria se inestabilice -arriesgándose así a ser dañada- debería tener algún beneficio que justifique semejante riesgo.

Se postuló que este proceso de labilización-reconsolidación tendría dos funciones biológicas. Por un lado, la desestabilización de un recuerdo y su posterior re-estabilización servirían para reforzarlo, o sea, hacerlo más difícil de olvidar. Por otro lado, la apertura de la “caja” permitiría incorporar nueva información a una memoria previamente adquirida, es decir, posibilitaría actualizar un recuerdo.

Así, ante un error de predicción, el cerebro “abre la caja” de la memoria correspondiente y la actualiza con la información nueva e inesperada.

Por un mundo perfecto

Con el fin de asegurar la supervivencia, una de las principales funciones del cerebro es tratar de anticipar todo lo que sucederá a nuestro alrededor para no exponernos a ningún riesgo. Un escenario perfecto sería entonces aquel que se ajuste a nuestras predicciones. Un mundo en el cual no existiera la sorpresa. Pero el mundo es cambiante.

Entonces, el cerebro debe ajustar permanentemente sus predicciones reduciendo lo más posible la posibilidad de error. Para ello, utiliza dos estrategias: la asimilación y la acomodación. Estos dos conceptos provienen de la teoría del desarrollo cognitivo, postulada por Jean Piaget a mediados del siglo pasado.

Según el psicólogo suizo, cuando una información nueva llega a nuestra mente la asimilamos (ingresa), pero luego tiene que hacerse un lugar (acomodarse) entre la información que ya se tenía. Si el proceso es exitoso, se producirá una adaptación del viejo contenido en función del nuevo y, cuando esa información nueva esté acomodada, se alcanzará un equilibrio.

En síntesis, para Piaget, cada vez que incorporamos un nuevo conocimiento la asimilación y la acomodación interactúan entre sí hasta lograr un equilibrio que se romperá cuando llegue otro conocimiento nuevo y, otra vez, ocurran la asimilación y la acomodación.

“Nosotros proponemos que la alteración de este mecanismo fisiológico jugaría un papel crucial en el mantenimiento de los trastornos de ansiedad”, sostiene Mariano Boccia, investigador del CONICET en el Laboratorio de Neurofarmacología de los Procesos de Memoria de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA.

Ansiedad acomodada

La ansiedad es considerada un mecanismo normal de adaptación. Es una respuesta de anticipación –involuntaria- frente a algo que es percibido como amenazante o peligroso. Habitualmente, la ansiedad dura un tiempo relativamente breve y, por lo tanto, no afecta seriamente la vida cotidiana. Pero, en algunos casos, esta característica innata puede hacerse crónica (trastorno de ansiedad) y transformarse en un padecimiento que puede alterar profundamente la actividad diaria.

Quienes padecen un trastorno de ansiedad suelen hacer predicciones “catastróficas” respecto de una situación particular que pueda presentárseles (si aparece un perro me va a morder). Pero, la profecía negativa no se cumple. O sea, hay un error de predicción.

En este punto, sería esperable que se dispare el proceso de reconsolidación, es decir, que se desestabilice la memoria, se actualice la creencia atemorizante (me va a morder) con la nueva información tranquilizadora (no me mordió) y, finalmente, se re estabilice la memoria con el nuevo conocimiento. Sin embargo, esto no ocurre en las personas que sufren un trastorno de ansiedad. Por el contrario, la memoria no sólo no se modifica sino que, a veces, la creencia negativa puede reforzarse.

“Nosotros postulamos que en los trastornos de ansiedad el sistema minimiza el error de predicción y, por lo tanto, la memoria no se desestabiliza. El cerebro podría estar asimilando la nueva información pero no la acomoda. En consecuencia, la reconsolidación no entra en juego”, señala Rodrigo Fernández, psicólogo y doctor en medicina. “Si solo hay asimilación, la información nueva se agrega a la creencia previa sin modificarla”, completa.

Según esta hipótesis, un individuo que padece un trastorno de ansiedad puede vivir innumerables experiencias que desmienten su temor pero, no obstante, su cerebro minimiza ese error de predicción y lo descarta. Esta disfuncionalidad hace que el individuo mantenga su predicción inicial y “justifique” cualquier error de predicción (por ejemplo: “tuve suerte, esta vez no me mordió”).

¿Nuevos tratamientos?

Actualmente, existen terapias psicológicas y farmacológicas para tratar los trastornos de ansiedad: “La combinación de ambas terapéuticas puede tener una eficacia del 80%. Pero son tratamientos muy largos y alrededor de un tercio de los pacientes puede tener recaídas al cabo de seis meses a un año”, explica Fernández.

Desde hace algunos años y de manera experimental, el LNM estudia el proceso de reconsolidación de la memoria con seres humanos. Uno de los proyectos que ahora pondrán en marcha apunta a aplicar los protocolos de reconsolidación para el tratamiento de la fobia social, un trastorno de ansiedad caracterizado por el miedo a hablar en público.

“Un tratamiento de este tipo tendría dos ventajas. Por un lado, son protocolos que duran pocos días. Por otro lado, como la reconsolidación altera la memoria original, no habría posibilidad de recaída”, ilustra Pedreira, y subraya:”Desde el punto de vista ético, es importante dejar en claro que no se cambian contenidos. Lo que se modifica es la carga emocional que está guardada con la información. La gente recuerda que es fóbica pero pierde las respuestas emocionales de miedo”.

Otro proyecto, actualmente en desarrollo, pretende aprovechar el hecho de que el fenómeno de reconsolidación permite fortalecer memorias: “Estamos trabajando con pacientes del FLENI que padecen un deterioro cognitivo leve que, en muchos casos, puede llevar a la Enfermedad de Alzheimer”.

Por su parte, la bióloga María del Carmen Krawczyk está abocada a dilucidar los mecanismos moleculares que subyacen al proceso de reconsolidación de la memoria: “Creemos que la acetilcolina, un neurotransmisor, tiene un rol esencial en este proceso y queremos entender de qué manera participa”, informa.

Finalmente, Boccia suma una especulación: “Lo que nosotros también proponemos, de manera algo arriesgada, es que la alteración del equilibrio fisiológico en la relación asimilación-acomodación no solo jugaría un rol crucial en el mantenimiento de los trastornos de ansiedad sino, también, de la esquizofrenia y de los trastornos de adicción”.


Fuente con Licencia CC3.0: NexCiencia – ¡Sorpresa! por Gabriel Stekolschik.

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