En Watchmen, una novela gráfica de Alan Moore, talentoso autor y hombre peculiar donde los haya, se cuenta un chiste que quedó grabado en mi memoria. El protagonista, Roscharch, que tiene nombre de psiquiatra y es una especie de antihéroe cuya máscara adopta, según la situación, las distintas formas de las manchas de tinta del famoso test homónimo (el test de Roscharch), en un momento dado de su narración, musita a la pupila del imbuido lector:

Un hombre va al médico. Le cuenta que está deprimido. Le dice que la vida le parece dura y cruel. Dice que se siente muy solo en este mundo lleno de amenazas donde lo que nos espera es vago e incierto. El doctor le responde: “El tratamiento es sencillo, el gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche en la ciudad, vaya a verlo, eso lo animará”. El hombre se echa a llorar y dice: “Pero, doctor… yo soy Pagliacci”.

Muchas veces me paro a pensar en cuánta gente encarna este chiste. Recuerdo también una frase de Oscar Wilde, quien tenía un talento prodigioso para rubricar en un aforismo cualquier defecto humano, que encerraba una idea parecida.

La sociedad es un baile de máscaras, le revelaba el personaje cínico de la única novela que escribió este autor a un todavía inocente Dorian Gray. ¿La escena? Creo que transcurría en un fumadero de opio, o tal vez en un lupanar, allí donde acudiera la sociedad londinense decimonónica, en apariencia moralmente irreprochable (en apariencia), para dar libertad y escape a las partes más oscuras e inhibidas de sus almas.

Sociedad inglesa que, por cierto, procesó y condenó a Oscar Wilde por ser homosexual, ya que en Inglaterra la homosexualidad fue ilegal hasta 1967, siendo en esa fecha legalizada sólo parcialmente (para mayores de 21 años y en la intimidad de su hogar, nada de sitios públicos como hoteles, etc.).

No ha sido hasta 1999, tras una larga lucha, cuando por fin la homosexualidad ha sido legalizada al mismo nivel que las relaciones heterosexuales, es decir, a partir de los 16 años y donde a uno le apetezca, aunque el matrimonio no sería aprobado hasta 2014. En España estábamos más avanzados (no hay de qué extrañarse).

Aquí la sodomía se eliminó del Código Penal en 1822, hasta que la dictadura franquista nos regresó a una moral más retrógrada y de nuevo fue perseguida. Ya en democracia, hasta 2005 no se legalizó el matrimonio homosexual en nuestro país, con feroz oposición de la España conservadora, y cabe colgarnos la medalla de ser el tercer país del mundo en dar este paso. Hoy en día es legal en casi todo el llamado “primer mundo”.

En el DSM, el manual de psiquiatría de referencia que usamos casi todos los profesionales de , de firma estadounidense, la homosexualidad se consideró como una desviación sexual en su primera y segunda versión, hasta 1974 (DSM-II, en su sexta reimpresión), cuando fue eliminada momentáneamente por las protestas del movimiento anti-psiquiátrico. En 1980 (DSM-III), se volvió a incluir una enfermedad llamada “homosexualidad egodistónica”.

Finalmente, la homosexualidad desapareció por completo como enfermedad mental en 1988 (DSM-III-R) y así ha permanecido en las sucesivas versiones de este manual diagnóstico (DSM-IV, DSM-IV-R y DSM-5). Por su parte, en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) que publica la OMS (Organización Mundial de la Salud), la homosexualidad aparecía hasta 1990 (CIE-10). Parece ser que en su próxima edición (CIE-11), que se espera de forma inminente, se eliminará también la transexualidad, que a día de hoy aparece todavía como un psicopatológico.

Todo esto sobre el papel, pero no dentro de nuestras cabezas, dado que estos pasados son aún amenazantemente recientes.

Realmente es muy duro comportarse de una manera y pensar/sentir de otra. Esta disociación forzada entre emoción, y conducta es muy fácil que acabe dando lugar a cualquier tipo de psicopatología: trastornos de personalidad, , ansiedad… Es difícil sostener mascaradas de forma indefinida sin que ello acabe afectándonos de una forma insidiosa y profunda.

Por ello, no sólo es importante encontrar la manera de ser sinceros con nosotros mismos, sino también con el mundo que nos rodea. Expresarnos tal y como somos protegerá nuestro autoconcepto y nuestra autoestima. Y cuando esto genere un conflicto con el ambiente, es recomendable aprender a gestionar ese conflicto, mucho mejor que esconder nuestra genuina forma de ser.

No hablo sólo de problemas derivados de la orientación sexual, por supuesto. Esto es aplicable a cualquier impostura sostenida en el . Pensar, sentir y comportarse son diferentes dimensiones de la respuesta humana. Cuando estos sistemas de respuesta son coherentes entre sí y giran en torno a un mismo centro, será más fácil para nosotros mantener un equilibrio psicológico adecuado.

Sin embargo, cuando pensamos de una manera, sentimos de otra diferente y encima expresamos algo muy distinto, estaremos poniéndonos a nosotros mismos en una situación psicológica vulnerable, sobre todo cuando esta falta de coherencia se convierte en nuestra pauta habitual de comportamiento.

Una vida sin fingir ni aparentar tal vez nos suene a sueño. Cuando los engaños se han sostenido mucho tiempo, salir de ellos puede ser terriblemente difícil de conseguir y, en algunos casos, difícil tan siquiera de concebir. Ya de por sí, conocerse a uno mismo es un viaje peligroso e infinito.

Invitar, además, a los demás para que nos acompañen en ese viaje, puede resultarnos complicado incluso de imaginar. Sin embargo, ¡qué bien sienta viajar con la compañía adecuada! Ah, pensémoslo por un momento, aunque sintamos un vértigo intenso recorriendo nuestra espina dorsal.


Fuente con Licencia CC4.0: Psicología Bay –El payaso Pagliacci por Vicente Bay.

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El payaso Pagliacci
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