Últimamente se bromea con la paradoja de que en la archiconocida serie “Cuéntame” los personajes viven ya en un país con más derechos que los del . La ciencia, así como los derechos civiles, también está sujeta a esos vaivenes en los que modernidad no es necesariamente sinónimo de progreso. Esta idea está ampliamente desarrollada en un artículo de Freixa y Froján (2014) al que mi compañera Rebeca le dedicó este post.

Cuando uno se para a mirar en perspectiva el desarrollo histórico de la tiene la sensación de estar aún en una etapa muy primitiva de la misma. Su inicio podría ubicarse a finales del siglo XIX (William James, 1890) y es en el XX cuando explota. A día de hoy no está claro que tras esa explosión haya partido con el rumbo bien enderezado. Sirva como muestra este resumen que se hace en el citado artículo:

“Las terapias de tercera generación (enfoque contextual) se consideran la evolución de la modificación de conducta y supuestamente aparecen como una superación de las terapias cognitivas (segunda generación, enfoque cognitivo-conductual) que se sumaron (y nunca sustituyeron) a la modificación de conducta tradicional (primera generación, enfoque conductual) a mediados de los años 70, algo que se denominó en su momento “salto cognitivo” (Mahoney, 1974/1983) o “revolución cognitiva” (Franks, 1991).

Si bien la secuencia descrita puede dar una idea de progresión o desarrollo lineal en los modelos conductuales, que serían superados por modelos cognitivos, en absoluto ha sido así: cada cambio no supuso una superación del modelo anterior ni una sustitución del antiguo por el nuevo sino que todos los modelos terapéuticos nombrados coexisten dentro de la modificación de conducta.

Los años 80 se consideraron de crisis en el ámbito clínico precisamente por esta confusión conceptual que derivó en un eclecticismo (teórico y técnico) y que parecía ir en contra del pronóstico de Reyna (1964), quien consideraba que la evolución de la terapia de conducta y su capacidad de solución de los problemas conductuales se debería a la aplicación más rigurosa de los principios del .”

Los palos de ciego no solo han traído consigo una pérdida de tiempo considerable, sino algo que posiblemente la alargue más: el legado editorial del conductismo ha quedado sepultado.

Allá por 1953, B.F. Skinner escribió “Ciencia y conducta humana”, libro que desembarcaría en España en 1970. En EE.UU. dejó de imprimirse antes incluso, en 1965. La última edición en castellano se publicó hace 30 años, y resulta poético que para dar con un ejemplar haya que irse al “Almacén de los libros olvidados”. ¿Realmente merecía caer en el olvido? Dejemos que los números hablen.

Lo que pongo a continuación son tres de obras de reconocida influencia y las citaciones que tienen según Google Académico. Incluyo la de Goleman por su popularidad, no por considerarla afortunada:

Bien, pues “Science and human behavior”, pese a datar de 1953 y llevar enterrado medio siglo, todavía es citado por 15.986 obras. Con semejante historial, algo raro ha debido pasar aquí. ¿Será poco comercial? De polémica y brillantez expositiva va sobrado, aunque no recuerdo que fuese dirigido al gran público, sino más bien al especializado.

Parece buen momento para sacar a la luz el alarmante y revelador caso de la edición francesa, país de gran tradición académica psicoanalítica. Resulta que por una vez, y en pleno tardofranquismo, España le tomó la delantera al país vecino: la primera edición en la lengua de Molière se publicó en… ¡2005!

¿Qué ha pasado, entonces, a nivel académico?, ¿por qué dejó de estimularse su lectura allá donde triunfó? Voy a tratar de resumir los factores que parecen haberle condenado a la impopularidad.

Los tres “pecados” del conductismo

En este blog ya se ha hablado del dualismo, aunque no lo suficiente. Con semejante forma de percibir el mundo, la propuesta de la filosofía conductista supone un desafío a nuestra intuición. El conductismo radical se denomina así no porque sus defensores sean gente testaruda o que va quemando contenedores por la calle, sino por considerar el comportamiento como el objeto de estudio en sí, como la raíz.

Tal concepción implica una visión monista de la realidad en la que desechar dualidades tipo alma/mente – cuerpo, o cerebro – conducta. ¿Supone esto negar los eventos privados? En absoluto, lo que sí supone es despojarlos de ese halo enigmático y pseudomístico que suele rodearles.

Otro hueso que pincha es el de la libertad y la responsabilidad personal. A. Charles Catania homenajeó en 2003 el 50º aniversario de Science and human behavior con un artículo en el que se hacía eco precisamente de esto:

“Skinner atribuyó la resistencia generalizada a la de las interpretaciones conductuales de la conducta humana a su socavación de conceptos tradicionales como la libertad y la personal (e.g., Skinner, 1971).”

Catania va más allá revisando las implicaciones que tiene hablar del “control” del comportamiento y lo fácilmente que se confunde con dominancia y coerción, así como el debate que abre respecto al determinismo y libre albedrío.

Hay todavía un tercer “pecado” (nótense las comillas) que me resulta más difícil de concretar y que viene de la mano de lo anterior. Me refiero a la facilidad con la que la tecnología de modificación de conducta cae en el barro de lo políticamente incorrecto y el filón que ciertos divulgadores han visto en ello.

Esto bien podría darme para otro post en el que desmontar las falacias vertidas sobre diversos métodos de origen conductual, pero como mínimo dejaré aquí la respuesta de Deborah Skinner Buzan a las acusaciones demenciales que recibió su padre.


Referencias

  • Catania, A. C. (2003). BF Skinner’s Science and Human Behavior: Its antecedents and its consequences. Journal of the experimental analysis of behavior80(3), 313-320.
  • Freixa i Baqué, E., & Froján-Parga, M. X. (2014). La falacia del argumento cronológico. Conductual2(1).

Fuente con Licencia CC4.0: La Escalera Roja – No es país para conductistas por Óscar Pérez Cabrero.

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No es país para conductistas
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