Hace algún tiempo fui víctima de una inocentada. Corría por internet el bulo de que Paulo Coelho iba a ser galardonado con el Nobel de Literatura 2016. Me gustaría poder decir que mi olfato escéptico detectó al vuelo que se trataba de una farsa, pero no: entera me la tragué. ¿Y por qué me costó tan poco creérmelo? La respuesta me ha recordado algo que no es ni novedoso, ni original, pero que al parecer no ha recibido el bombo suficiente.

El fraude de las inteligencias múltiples: cronología de su gestación

Permitidme que dé un pequeño rodeo para contextualizar las cosas.

1983. Howard Gardner publica “Inteligencias múltiples”, libro en el que expone un modelo de inteligenia que, básicamente, niega la existencia de un factor general (g) y afirma la presencia de un amplio repertorio de inteligencias independientes. Una idea que ya se tuvo en el pasado, ya se descartó a la luz de los datos (se han detectado diferentes factores y todos correlacionan con g), pero que Gardner se empeñó en reflotar.

Una idea, sin embargo, cuyo envoltorio resulta muy atractivo, pues invita a pensar que todos somos susceptibles de puntuar alto en inteligencia, sólo hay que dar con el tipo concreto.

1994. Hernstein y Murray publican “La curva de campana” (The Bell Curve), un libro dirigido al gran público en el que se exponen los principales hallazgos del estudio de la inteligencia humana y se discute su impacto en las políticas públicas estadounidenses.

Comunicar realidades incómodas (diferencias entre sexos o etnias) en lenguaje estadístico sólo podía acabar mal: el aluvión de críticas fue de una magnitud sin precedentes en la historia de la psicología. Más allá de la pertinencia de sus concluciones o las recetas políticas que pudiese incluir, el libro cometió un pecado que, por cierto, tuvo su versión española.

Roberto Colom (os recomiendo su blog, dicho sea de paso), profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, fue objeto de una persecución en aquella época por hacerse eco de datos descriptivos como los que podían aparecer en la citada obra.

1995. Daniel Goleman (o quizá su editorial) huele la sangre y detecta el filón que supondría rescatar un concepto que habían definido otros con un nombre muy comercial. Se publica “Inteligencia emocional” y, efectivamente, exitazo de ventas, posiblemente el mayor de la disciplina.

Huelga decir que el tirón editorial y el rigor son dos cosas que no van necesariamente de la mano, sino más bien al contrario: a Goleman se le critica haber vendido como “inteligencia” algo que mide personalidad. Pero su teoría encuentra acomodo en la de Gardner, y ambas conviven en perfecta simbiosis hasta nuestros días.

2011. Howard Gardner recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales. Eduard Punset pone en marcha la maquinaria para que todos nos enteremos. (¿Se entiende ahora mi credulidad con lo de Paulo Coelho?)

He contado el relato de puntillas para no hacer eterno el post, y porque el objetivo del mismo va por otro lado. La divulgación del estudio (riguroso) de las diferencias individuales ha fracasado con el gran público, y lo que es más grave: se ha contagiado al experto.

La presión social ha conseguido arrinconar a la psicología diferencial en los modernos planes de estudio, y la pseudociencia se ha colado en la agenda política educativa. ¿Tan mal lo han hecho los psicólogos?, ¿o se les ha puesto cuesta arriba la tarea? Me viene a la memoria cierto gráfico del magnífico blog Rasgo Latente:

Inteligencia sobrevalorada

Rocío Fernández-Ballesteros, allá por 1997, denunció el acoso al que estaba siendo sometido Roberto Colom. Lo hizo en El País, en un artículo titulado Lo ‘políticamente incorrecto’ o la ‘nueva inquisición’. En él se refería a la sobrevaloración social de la inteligencia. Si alguien pretendiese negar las diferencias de estatura entre individuos, o la mera existencia de la estatura, no sería tomado en serio.

Bien, pues cuando se trata de inteligencia, pasa exactamente eso. La confusión a la que induce el lenguaje estadístico es un ingrediente clave, pero otro con el que resulta más difícil lidiar es que, a nivel popular, la inteligencia es tema tabú.

¿Acaso es lo único que nos define?, ¿el único valor que nos importa, o el que más? ¿Acaso las personas muy inteligentes no cometen errores también, o no son capaces de las peores atrocidades?

Dibujar el mundo como nos gustaría que fuese no conduce a mejorarlo, sino a cometer imprudencias que tal vez, incluso, lo empeoren.


Para saber más

Carroll, J. B. (1997). Psychometrics, intelligence, and public perception. Intelligence, 24(1), 25-52.


Fuente con Licencia CC4.0: La Escalera Roja – Inteligencia políticamente correcta por Óscar Pérez Cabrero.

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Inteligencia políticamente correcta
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