Es muy común que nos acordemos perfectamente de nuestras obligaciones. Mucho se ocupan de recordarnos nuestros deberes desde diversos ámbitos de autoridad: las administraciones públicas, nuestros jefes y compañeros en el trabajo, nuestros profesores en la escuela, nuestros padres y parejas en casa…

Desgraciadamente, también es muy común que nos olvidemos de nuestros derechos, ya que éstos se nos recuerdan con menos frecuencia. Sin embargo, no podemos olvidar que los derechos constituyen la otra mitad del contrato social. Si los obviamos, todo nuestro sistema de convivencia quedaría cojo.

Algunos derechos ni siquiera los conocemos. Otros sencillamente los hemos olvidado o, bien, los olvidamos en los momentos clave, es decir, justo cuando los necesitamos ejercer o cuando nos están siendo arrebatados. Desde el olvido o el desconocimiento, se entenderá que difícilmente vamos a saber defenderlos.

La primera medida para defender nuestros derechos personales es, por lo tanto, empezar por conocerlos. No hablo ya desde un punto de vista jurídico; los derechos recogidos en las leyes se defienden en un juzgado o denunciando a la policía.

Ni siquiera hablo de la solemne Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, de los cuales la constitución española debería encargarse de ampararnos, según viene recogido en su artículo 10 (quien no se lo crea, puede consultarla). No, no hablo de asuntos tan encumbrados. Hablo de algo más elemental, más básico y de uso más cotidiano, y también más olvidado.

Voy a transcribir una tabla que, sin ánimo de ser exhaustiva, me ha parecido acertada. La podéis encontrar en el libro que cito en la bibliografía más abajo.

  1. Derecho a ser tratado con respeto y dignidad
  2. El derecho a tener y a expresar los propios sentimientos y opiniones
  3. El derecho a ser escuchado y tomado en serio
  4. El derecho a juzgar mis necesidades, establecer mis prioridades y tomar mis propias decisiones
  5. El derecho a decir “no” sin sentir culpa
  6. El derecho a pedir lo que quiero, dándome cuenta de que el otro también tiene derecho a negármelo
  7. El derecho a cambiar
  8. El derecho a cometer errores
  9. El derecho a pedir y ser informado
  10. El derecho a obtener aquello por lo que pagué
  11. El derecho a decidir no ser asertivo
  12. El derecho a ser independiente
  13. El derecho a decidir qué hacer con mis propiedades, con mi cuerpo, con mi tiempo… mientras todo ello no viole los derechos de los demás
  14. El derecho a tener éxito
  15. El derecho a gozar y disfrutar
  16. El derecho a mi descanso, a aislarme, siendo asertivo
  17. El derecho a superarme, aun superando a los demás

Uno puede pensar que estos derechos son de Perogrullo y que, por supuesto, abanderan orgullosamente nuestra vida. Sin embargo, si nos observásemos atentamente en muchas situaciones, tal vez nos sorprenderíamos. El origen de muchos problemas emocionales vienen derivados de la no observancia de estos derechos. Y esta no observancia muchas veces ni siquiera es consciente.

Otras personas sí son conscientes de que estos derechos les son vulnerados asiduamente. Incluso pueden haber llegado al punto de darlos por imposibles. Al contrario de lo que dicta el sentido común, no es fácil conseguir que se respeten estos derechos elementales. Sin embargo, debemos pensar que, si no hacemos uso de ellos, estamos enseñando a los demás a aprovecharse de nosotros. Y cada vez será peor.

Cuando queramos darnos cuenta, nuestra falta de derechos será la norma establecida y nos resultará muy difícil reconquistarlos. Encontraremos gran resistencia en los demás, quienes se habrán habituado a pisotearlos y, tal vez, ni siquiera se den cuenta de ello. Lo harán ya de forma natural y casi sin mala intención.

La mejor manera de conquistar nuestros derechos NO es a través de la agresividad, porque ello vulneraría a su vez los derechos de los demás. No sería coherente empezar a exigir aquello que nosotros estamos empezando a retirar. Un comportamiento agresivo (gritos, amenazas, trato duro, hostilidad, violencia, venganza…) sería la manera más fácil de exigir nuestros derechos y, además, suele funcionar muy bien.

Eso es lo peor: que funciona. Después de enseñar los dientes, descubrimos con satisfacción que nuestros derechos perdidos nos son restaurados al instante. Entonces aprendemos a repetir esta conducta, dado que no poseemos otras herramientas más eficientes.

Huelga decir que hay casos en los que la está más que justificada; por ejemplo, si nos ataca un desconocido en la calle con un cuchillo. No obstante, cabe reflexionar en las consecuencias secundarias de un comportamiento agresivo que no esté debidamente justificado por las circunstancias, sino más bien motivado por nuestra propia frustración interior.

Los daños colaterales de la agresividad suelen ser nefastos. Pueden ir desde el despido hasta el divorcio, pasando por el rechazo social, problemas con la ley o las desagradables consecuencias emocionales de vivir constantemente a la defensiva y atacando. Además, un estrés continuado afecta al sistema inmune y puede generar todo tipo de problemas médicos.

No queremos que nos tomen por el pito del sereno, eso está claro, pero la solución no pasa por conseguir que se nos respete a base de dominar a toda costa a los demás, generando a nuestro alrededor una tensión permanente que, muy probablemente, nos conducirá con el al aislamiento social.

Por supuesto, tampoco nos conviene quedarnos callados esperando ingenuamente que el mundo vaya a tratarnos bien.  Tal vez pensemos que merecemos ser bien tratados y que los demás deberían darse cuenta de ello por sí mismos. Es una lástima, pero la realidad es que el mundo no tiene ninguna obligación de tratarnos bien, más allá de las obligaciones que nosotros negociemos con él.

Y ahí está el quid de la cuestión, en ser capaces de negociar con los demás que nuestros derechos sean respetados. Enfrentarnos a los demás puede ser muy duro, pero también lo es vivir con una sonrisa de sumisión que esconda un profundo interior. Aparentar sentimientos distintos a los que poseemos, con el tiempo, nos hará vulnerables a las patologías mentales, como la ansiedad o la depresión.

¿Qué podemos hacer? La respuesta es clara: ser asertivos. El conjunto de habilidades sociales capaces de conseguir que se respeten nuestros derechos, sin necesidad para ello de vulnerar los derechos de los demás, reciben el nombre de ASERTIVIDAD. Como cualquier otra habilidad, puede entrenarse y aprenderse.


Bibliografía:

Olga Castanyer (1996, 2016). La , expresión de una sana autoestima. Bilbao: Desclée de Brouwer.


Fuente con Licencia CC4.0: Psicología Bay – Tabla de derechos asertivos por Vicente Bay.

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Tabla de derechos asertivos
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